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Opinión
Antologías de la Modernidad

Un cuento por Santiago Guerra

Este relato habla sobre la realidad virtual, sobre cómo una experiencia no nos ayuda a cerrar un ciclo, sobre cómo, al final, exigimos una relación real, no solo sus mejores momentos

Me encontré con un robot de juguete en mi habitación. Tenía la cara azul, ojos rojos y un cuerpo esbelto. Se parecía a Baymax, el robot de una película de Disney.

No había nota, ni envoltura, ni ninguna indicación de dónde provenía el artefacto. Solo un juguete, a la espera de ser utilizado. ¿Pero cómo?

El modelo no lo conocía. Parecía sacado de Japón o algo así. Sospechaba de mi padre, que constantemente olvidaba mi cumpleaños y lo compensaba con un regalo de último minuto. Algo caro además de exótico, para tratar de enmendar el daño emocional provocado por tantos años.

Agarré el muñeco, buscando un botón de encendido o alguna especie de indicación para utilizarlo. De pronto solo dije “enciéndete” y el robot volteó la cabeza. Me exalté. El robot empezó a soltar palabras en japonés, de una forma calmada y pausada.

Le dije “español” y el muñeco de inmediato comenzó a hacer sentido. “Hola Beto. Soy Fernando, tu amigo ideal. Estoy para servirte. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?”

Era demasiado bueno para ser cierto: ¿acaso aquel armatoste cumpliría todos mis deseos? Tenía que hacer una prueba, para comprobar sus verdaderas intenciones.

Le pedí una pizza. A los treinta minutos, una motocicleta llegó con ella, una hawaiana, sin siquiera haberle especificado que era mi favorita.

Después le pedí un consejo para acabar con el acné, y tras unos minutos, me llevó al baño, me untó una crema de afeitar dentro del ropero y e incluso me lavó la cara y me afeitó el bigote justo como me gusta dejarlo, con vestigios de pelo diminutos alrededor de un corte arreglado.

El acné se quitó con ese proceso durante dos días.

Después de pedirle dulces, varios discos de vinil e infinitas cantidades de algodón de azúcar, me atreví a pedirle algo mucho más personal. Mi verdadero deseo. “Me gustaría que papá volviera a casa”. El robot simplemente se desconectó. Traté de prenderlo pero nada ocurrió.

Pasaron cuatro días. El robot despertó. “Buenos días, Rober Rober, ¿dormiste bien?” Contesté anonadado “sí”, “¿y tú?”. “Pues no muy bien, pero por lo menos no apestaba a estiércol”. El androide se rió y me dio un beso en la mejilla.

Estaba desconcertado. Esa frase solo la decía mi padre. Además, por supuesto me sentía extraño al recibir el calor de un juguete, pero no me molestaba. De alguna forma, mi papá había regresado.

Le pedí acompañarme al cine, platicamos sobre historias de la niñez, jugamos a las maquinitas de la feria y incluso fuimos a comer a un restaurante francés.

La gente nos veía raro, como si hubiera perdido un tornillo. En el restaurante claramente lo oculté, estaba en una bolsa. Porque eso ya era exponer mi salud mental frente a los ojos de los demás. En México, este muñeco todavía no era común.

Después de unos días, tanta convivencia con el muñeco comenzó a hartarme. Me decía sutilmente que cuándo conseguiría trabajo, me presionaba para hablarle a Andrea en momentos inoportunos, estaba todo el tiempo manejando mi postura y aspecto físico, como si yo fuera su juguete. Refunfuñaba sobre los programas que veía. Era la copia y calca de mi padre, mas la compleja relación no se sentía fiel, porque este era una representación de mi padre.

Me desesperé. Desaté la ira frente al muñeco, de por qué me dejó en casa con mamá estando enferma, por qué decidió abandonarnos por completo para una oportunidad de trabajo en Tokio, por qué optó por distanciarse tanto a pesar de la tecnología. Pero el robot solo se trababa. En un instante de confusión, el armatoste se volvió a apagar.

Después de unos días, decidí enviar el juguete por paquetería de regreso a Tokio, a la dirección de donde se envió. Mi madre me lo confesó. El muñeco tenía escrita una nota: “Gracias, pero ningún regalo compensará tu abandono”.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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