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Opinión
Índira Kempis

Hace días que siento impotencia ante una derrota anunciada. Por más intentos que hicimos, en corresponsabilidad, para generar atención y empatía sobre el presupuesto de egresos en lo correspondiente al acuerdo público del presidente y el Gobierno del Estado de Nuevo León, esto no se realizó.

Excusas fueron y vinieron para el desenlace: poco dinero, muchas becas, un Tren Maya y la Línea 3 del metro que seguirá sin concluirse, aparentemente, un sexenio más.

Aunque haya muchas voces que en el juego de la negociación a puerta cerrada han silenciado su inconformidad, lo cierto es que lo de Andrés Manuel fue un mal amor (con aquello de su frase “amor con amor se paga”) muy bien correspondido. Porque Nuevo León, bajo el pacto federal, tendrá que aguantar lo poco que se le regresó.

Desde no generar un respeto a un acuerdo, ya hay limitantes. Pero, además de eso, la gente está muy enojada porque localmente tienen que pagar facturas que no les corresponden. Hago a un lado a los politiqueros que, como de costumbre, sacan ventaja de ese enojo para hacer su “agosto” de likes. De ahí en fuera, la molestia está justificada, ¿quién quiere pagar por algo que no es su responsabilidad? Menos estando las cosas como están, en donde la percepción de que “todo se lo roban” o “no hacen nada” minimiza cualquier esfuerzo.

Este lapso de crisis, espero, debería detonar en dos cosas importantes que van más allá de la recaudación de impuestos, muchos somos deudores o vamos al día con los mismos. Replantear la sustentabilidad financiera del Estado de Nuevo León, sobre todo, ante los saqueos de las últimas décadas, su popularidad a la baja para algunos mercados de inversiones y lo que viene, que no parece fácil en los próximos seis años porque el estado será muy reconocido por el presidente, tendrá en la nómina a regiomontanos destacados, pero de eso no puede vivir Nuevo León cuando necesita presupuestos que eleven su competitividad en todos los sentidos.

¿De qué se va a sostener? La fantasía del “sueño regiomontano” está prácticamente sostenida de algunos municipios, pero no en su totalidad. De algunas industrias que ya ni siquiera son totalmente mexicanas. De sus migrantes que comienzan a verlo más de paso que como un lugar para quedarse. Algo no estamos haciendo bien para que se “sude la gota gorda” porque no hay dinero del presupuesto público federal.

El mito del Nuevo León que era independiente y autónomo, económicamente hablando, es cosa del pasado. Hoy no sólo los gobiernos, también la sociedad civil y el sector privado deberían estarse replanteando estos dilemas del futuro. De otra forma, quedará atrás el esfuerzo de generaciones que han podido forjar lo que hoy está escapándose de las manos.

Esto está rebasando la paciencia de la gente que sigue y seguirá inconforme. Porque las respuestas de la lógica institucional están fallando. Porque la falta de credibilidad está haciendo cada vez más oportunidad de que esta “olla de presión” estalle. Porque, parafraseando al sociólogo francés Alain Touraine, el derrumbe de las instituciones como las conocemos es reto de una sociedad que se reconstruye.

Si queremos que esta realidad adversa cambie, habríamos entonces de poner un ojo crítico en el ejercicio de esos presupuestos. Recuperar la confianza será elemento clave para rehacer el futuro financiero de Nuevo León.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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