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Opinión
Antologías de la Modernidad

Finalmente empezó una de las mejores épocas del cine en nuestro país. Oficialmente, el martes se anunciaron las nominadas a los premios de la Academia. Eso significa que “lo mejor del cine” estará disponible de forma masiva en la pantalla grande para nuestro disfrute, frustración y/o controversia. Porque al fin y al cabo esos son los Oscar, además de, en su defecto, cualquier premiación: un motivo de debate y discusión. Ya sea por su falta de nominaciones, o su exceso de honores a quienes, a criterio de algunos, no lo merecen.

Los factores se vuelven complejos cuando una de las cintas más reconocidas este año ni siquiera fue distribuida principalmente en los complejos cinematográficos del país. Roma, la última película de Alfonso Cuarón, es propiedad de Netflix, el gigante del streaming en todo el mundo, cuyo contenido cada vez se va expandiendo. Al parecer no hay terreno capaz de frenar a la empresa del entretenimiento: desde dramas políticos, hasta programas de concurso, la plataforma se plantea revitalizar cada producto del consumo masivo y darle un giro a su favor, como si este lo hubiera creado. Sin embargo, su nueva estrategia la convirtió en algo mucho más grande: le da la pauta para tomar sus producciones más en serio.

Una cosa es ser la encargada de hacer la película dominguera, y otra muy distinta es ser la casa de producciones “prestigiadas”.

Además, entró a la competencia con un potente golpe en contra de lo establecido.

Amada por unos, odiada por otros, Roma debe ser valorada no sólo por romper paradigmas en cuanto a realización cinematográfica se refiere, sino por lo que representa. A través de sus 10 nominaciones, empatada con La Favorita, de Yorgos Lantimos, como las cintas con más premios a ganar durante la entrega de los Oscar, la cinta de Cuarón se posiciona como una fuerza imparable y formidable capaz de coronarse victoriosa en, por lo menos, varias categorías. ¿Quién lo hubiera pensado?

Hablada al español y mixteco. Con un equipo de producción mexicano en gran parte. Con actores, en su mayoría, sin experiencia histriónica. Retratando la historia de una empleada doméstica en México, en los años 70. ¿Quién hubiera pensado que una película tan personal para México se pudiera estar codeando con producciones de la máquina de Hollywood?

Aquí se demuestra que la Academia está haciendo un esfuerzo con galardonar a otro cine, fuera del esquema tradicional de dramas independientes a los cuales está acostumbrado (aunque, por supuesto, dichas películas no faltan entre la competencia).

Si encima le agregamos a una distribuidora de televisión por internet como la encargada de producir dicho contenido, entonces nos encontramos con una ruptura en el esquema tradicional de lo que significa hacer cine.

Habrá quienes coincidan con las palabras del comunicador Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. Roma no se experimenta de la misma forma en una sala de cine con los mejores estándares de calidad que en un teléfono celular con una pantalla casi microscópica. Sin embargo, ¿eso afecta su mensaje? ¿La demerita como largometraje?

La discusión se enciende en el mundo cuando se toca ese tema. En Cannes ha habido revuelo en torno a las plataformas de streaming, pues no la consideran cine por no cumplir con los esquemas tradicionales de la experiencia fílmica.

Quizá los argumentos sean válidos, pero ¿qué no lo importante de las películas son las fibras que toca dentro del espectador? ¿Sus mensajes? ¿Su discurso sobre la sociedad donde vivimos? ¿Su trascendencia como experiencia fuera de la concepción de lo real o lo humano?

Las historias deben de ser contadas para dejar huella sobre nuestra existencia. Sin Netflix, tal vez Roma no hubiera tenido la oportunidad de salir a la luz.

El nuevo cine es aquel que no discrimina pantallas, además de no ningunear a ningún tipo de espectador. Es aquel que sólo busca expresarse.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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