Los centros históricos de todas las ciudades del mundo comienzan desde algunos años a ser una apuesta urbana para decidir su rumbo ante décadas transcurridas en ellos. 

Propuestas fallidas e intentos inconclusos han sido algunas de las iniciativas al menos en América Latina. 

Otras ciudades no han siquiera podido empezar estos procesos porque de los centros se ha apoderado la invasión, el comercio informal, los delitos o la contaminación. 

Sin herramientas legales, voluntades políticas o colaboración vecinal, el escenario parece adverso y en contracorriente. 

Sin embargo, más que entretenerse en una lista de quejas sin final, algunos desde hace años comprendimos que es la oportunidad de regresar a los centros de las ciudades la que nos abría la puerta a una nueva manera de planear, reorganizar y co-crear la ciudad. 

Cuando conversaba esto con mi amigo Jorge Melguizo, quien hace algunos años fue gerente del Centro en Medellín, Colombia, concordábamos en que más que ver al centro como un imposible de conciliar, o como sinónimo de conflictos añejos interminables, podemos encontrar ahí el depósito ideal de la recreación de nuestro concepto.

De qué es y cómo se vive en una ciudad humana, sustentable y, por ende, segura. 

Enfrentarnos a los conflictos que representa una metafórica “Afganistán”, en donde cada quien tiene sus propios o ajenos intereses, es más que un obstáculo, un reto. 

Así, con un proyecto en mano llamado Laboratorio de Convivencia, emprendimos un camino sinuoso, que desde el día primero hasta hoy cuya la única certeza es el ensayo-error que representa la gerencia de la “incertidumbre”. 

Son muchas variables las que se tienen que considerar para lograr el reto colectivo que provea de las herramientas necesarias para lograr el equilibrio en la mejora de la calidad de vida. 

Más allá de creer que ya está hecho o resuelto, hay que aceptar con humildad que estando en un proceso nada está acabado, que hay que tenerle la paciencia necesaria porque el abandono sistemático ha sido por décadas y por todos.  

Aquí lo que se debate en el origen de la ciudad, es su futuro. 

Aceptando que más que en otras épocas depende en gran medida de la corresponsabilidad de sus habitantes, independientemente del rol que cada uno tenga como socios de una sociedad, valga el pleonasmo. 

Si la pregunta planteada en este momento en diversas ciudades es a qué darle más valor en términos filosóficos al centro, si a su pasado o su futuro, considero que cada una de todas las respuestas posibles (porque no exista una sola) debe recaer en que a ambos. 

No es posible hacer una ciudad con un centro al que no se le pueda modificar nada porque hay que respetar su pasado. 

Como tampoco se puede pensar en su futuro si, precisamente, no se respeta su pasado. 

Es un juego de palabras que hay que comprender a profundidad. No hay ciudad sin civilización. 

Estoy convencida que la civilización es primero, que la historia no es lineal y que el urbanismo, como diría el profesor Guillermo Cortés Melo “se escribe con muchas plumas en diferentes tiempos y diversos espacios”. 

Habría que crearlo porque no existe. Esa es la “primera piedra”. La más importante de todas. La comprensión de que es conjunción: pasado y futuro. 

El centro de Monterrey merece que se trabaje lo suficiente, con una visión flexible que promueva el equilibro, pero, ante todo, que entendamos que la infraestructura por sí misma no vale si no consideramos lo que realmente significa el centro: relaciones y vínculos culturales, comerciales, turísticos, políticos, sociales, etc. 

Así que habría que poner la atención en cómo por medio de incentivos, proyectos, decisiones públicas, políticas públicas, inversión privada, presupuestos. 

Cómo vamos a lograr la conjunción de su pasado y su futuro como el más grande símbolo del origen de la ciudad. 

Un problema que sigue estando en el estante de los “pendientes” porque pocos son los que están dispuestos a resolver el conflicto que esto representa.