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Opinión
Índira Kempis

A mí no me preocupa el 1o de julio que es el día de las votaciones, creo que como varios mexicanos, estamos ocupados en pensar el país que tendremos después de esa fecha trascendental que cambiará la organización del poder público en Nuevo León y México.

Sobre todo ante la eterna guerra sucia, golpeteos e incluso asesinatos que han pasado en esta elección. Como si fuera un campo de batalla, la democracia que debería servir para abrir la puerta a la conciliación de intereses, tal parece que está estancada en tensiones y divisiones que quizá terminen en mayor desencanto del que ya tenemos.

La realidad cruda del país tampoco ayuda. Cuando vas a las calles entiendes que la gente ha dejado de creer que algo puede cambiar. Estamos tan lastimados que cualquier cosa que suceda en el escenario de la política, a la gran mayoría los aleja en lugar de acercar.

Ese es el gran riesgo, que pese a la alternancia y otro tipo de decisiones que no serán las tradicionales en algunos puestos claves, nos quedemos impacientes ante los cambios que no son inmediatos. O bien, que la polarización sea tal que estemos dividimos para solucionar los problemas públicos.

Porque lo peor que nos han robado los políticos de siempre es la esperanza y la confianza. Con estos “ríos revueltos” que muchos hacen con tal de ganar una elección, tenemos rota la confianza otra vez.

Gran tarea será para quienes lleguen entender que ese hartazgo no sólo debe ser útil para generar votos, sino para la capacidad de respuesta que deberá tenerse. Sobre todo en quienes recayeron trilladas promesas que incluso sabemos no van a poder cumplir.

Como sociedad tenemos que ser tan exigentes como colaborativos. Evitar que esas tensiones se conviertan en nuestra parálisis. Pase lo que pase el 1o de julio, nosotros seguiremos siendo mexicanos parados en estos escenarios de adversidad.

Salir a votar sin desencanto será imposible, pero alimentarlo después del 2 de julio, sólo detendrá las capacidades que sí tenemos para cambiar las cosas.

El voto es una herramienta útil, pero no única. El “favor de no olvidar” es tanto para los que ocuparán estos puestos públicos como una ciudadanía que se sabe corresponsable de estar vigilando, exigiendo y colaborando a la par con el fin de que no convirtamos esto en una cancha de fútbol donde sólo algunos juegan.

Asumir ese compromiso cívico con valor civil, asegurará que dejemos de creer que otros vendrán a salvarnos en cada elección, así como entender que ellos y ellas deben trabajar arduamente para dar resultados, pero que éstos no serán sin nosotros

Por tanto, hay que pensar en el 2 de julio, qué vamos a hacer cuando amanezcamos con el mismo país del desencanto y la desconfianza, pero con otros actores en el poder. Necesitamos algo más que el voto y eso radica en la participación continua de una ciudadanía que no deja las decisiones más importantes de la vida en común a unos cuantos.

Demostrar que podemos cambiar será el reto colectivo de los próximos años en la política de México. Que el cambio no nace en una elección, se hace durante los años de gobierno.

Nada volverá a ser igual después del 2 de julio. Nosotros debemos definir cuál será el rumbo ante la crisis grave que vivimos, ¿podremos?


* Esta opinión no refleja la del periódico

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