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Opinión
Nacional
Tabla rasa

Desde que Donald Trump fue electo presidente de Estados Unidos, la reacción de los mexicanos ha pasado por la incredulidad, el shock, la consternación y el enojo.

Pero en la otra cara de la moneda está el “otro” mexicano, aquel que vive en la frontera y al que por ejemplo no le asusta la nueva realidad, ni el nuevo Presidente, ya que considera que las cosas no cambiarán mucho.

También está el mexicano que seguirá atravesando por arriba, por abajo, por un lado o por el otro, cualquier barrera -simbólica o de concreto- entre los dos países.

Y es que, así ha sido en los últimos 20 años, porque el vecino del norte así lo quiso y lo permitió.

En la Ciudad de México, una abogada de cuarenta y tantos años asegura que no le preocupa mucho el triunfo de Trump, ni el muro, ni la renegociación o la posible salida del TLC. Y no sólo eso, sino que le preocupa tan poco o le agobia tanto que decidió dejar de ver las noticias porque “todas son malas”.

La decisión de apagar la televisión, cerrar el periódico o los ojos ante una realidad abrumadora, me resulta tan ingenua y peligrosa como la creencia de que al hacerlo eso servirá como una especie de vacuna contra la crisis, la incertidumbre, el cambio de paradigmas y las consecuencias tangibles e intangibles del momento de ruptura global que vivimos, no sólo en términos de geopolítica, sino de status quo.

Aunque tal vez la entrevistada le confirmaba a esta reportera que realmente vivimos en un mundo “post-verdad”, donde prevalecen y toman relevancia la subjetividad y los hechos “alternativos”, mientras que el resto de los acontecimientos se tornan innecesarios e indeseables.

Pero, ¿acaso no es ella el reflejo de la mujer conservadora y votante pro Trump, que creyó definir sus prioridades y actuar acorde, sin reconocer que esa misma lógica no la protegerá de los demás efectos irreversibles del populismo provinciano del nuevo Presidente de EE.UU.?

Las últimas semanas han transcurrido entre breaking news desconcertantes y tweets del señor Trump que, como diría el periodista Peter Baker, “ tienen el poder de un rayo olímpico”, donde además parecería que no hay tiempo ni para pensar y mucho menos para discernir entre la realidad y la política-ficción.

Puesto que el único espíritu certero es el de la confusión, así como el sentimiento de decepción y rabia por acciones que ofenden a un pueblo que conoce muy bien de humillación.

Por lo tanto, en esta coyuntura la unidad nacional no sólo es urgente, sino imprescindible. Aunque es necesario saber que unidad no significa condolencia pasiva y compartida, y mucho menos permisividad condescendiente para quienes dan la cara, negocian y defienden el futuro de México.

Porque la hostilidad de Trump no convierte a nuestros dirigentes -ni  a nosotros, su pueblo- en santos, ni en mártires, y tampoco nos redime.

Si dejamos de exigir con mayor firmeza, temple, liderazgo y dignidad, ¿no habremos ya perdido? Porque cuando la clase política mexicana se alimenta y se replica con tales llamaradas populistas, huecas y “cantinflezcas” corremos el peligro de caer o validar el macabro juego de un nacionalismo arcaico.

Muchos mexicanos expresaron pena y tristeza por el fin del liderazgo sensato del expresidente Obama, pero, me pregunto, ¿por qué no se escuchan igual o mayor número de voces indignadas añorando una figura como la de Cárdenas o Benito Juárez?

Alejandro Silva, de 48 años, vive en una casa de madera ubicada a escasos metros del Río Bravo en las afueras de Reynosa. A pesar de no tener papeles oficiales podría cruzar la frontera nadando, sin embargo, dice no querer hacerlo porque “como México no hay dos”, y porque esa misma frontera mexicana le ofreció “las oportunidades, la felicidad y el trabajo” con las que sólo podía soñar en su infancia en un municipio rural de Puebla.

Vale la pena mirar hacia adentro, revalorar y dar un nuevo significado a nuestra identidad nacional, convertirla en “digna rabia” pero sin hacerlo de forma reaccionaria, porque acudir al sentimentalismo patriotero es tan fútil como dejar de leer malas noticias, lo cual sólo nos estaciona en una actitud que no cambiará ni mejorará nada en lo absoluto.
 


* Esta opinión no refleja la del periódico

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