Casi un cuarto de siglo llevo dedicado a la educación financiera. Una constante al dar clases o al presentarme en algún foro es que la gente me diga con resignación y melancolía: “Pobre de mí; me tocó nacer en esta época de consumismo a ultranza y no puedo escapar de ella por más que lo intento…”. Categóricamente les respondo que no, que no es propio de este siglo XXI, sino que siempre se ha presentado de alguna manera u otra.

A Edward Bernays se le conoce como el padre de la teoría de la propaganda y de las relaciones públicas. Fue sobrino de Sigmund Freud, pero labró su propia fama a pulso y dejó un legado muy importante que, a casi un siglo de distancia, sigue más que vigente. Una de sus más famosas frases dice: “Hay que disciplinar al público para que gaste su dinero”. ¡Estamos hablando de hace cien años!

Y efectivamente, todo el mundo, casi lo escribo de manera literal, quiere tu dinero y el mío y el de todos, y serán capaces de engatusarnos para conseguirlo. A veces ni cuenta te das, pero el colmo de los colmos es que sí seas consciente y aun así te hagas de la vista gorda cayendo en una total y completa autocomplacencia.

Incluso en una relación comercial sana (es decir, que no te quieran ver la cara de tarugo), siempre existirá el deseo de venderte algo para que tu cartera se afloje. Empírica o científicamente el mundo de la economía se mueve con un “intercambio” y eso es parte fundamental de lo que hace andar a la sociedad, pues por supuesto a todos nos toca jugar el doble rol claramente en la búsqueda de nuestro propio sustento.

Sin embargo, dicho intercambio se debe hacer de manera equilibrada o de lo contrario corremos el riesgo de que la balanza se incline peligrosamente en contra de tu billetera y pagues consecuencias que pueden quebrar a cualquiera en la clase media.

Regresando a lo enseñado por Bernays, me viene a la cabeza el famoso condicionamiento del gran fisiólogo Pávlov, ya que somos como mascotas amaestradas que obedecemos los impulsos de nuestro vulnerable organismo.

En fin… Seguiré insistiendo, mientras Dios me dé licencia, en la importancia de conocernos a la perfección para dominar nuestros sentires y quereres y convertirnos así en dueños de nuestro propio destino financiero.

¡No lo olvides! Vive sin que te disciplinen fuerzas externas ni tampoco te condicionen a su antojo. ¡Sé tú mismo y punto!

Recuerda que “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.