Las imágenes de la muchedumbre peleado, gritado, arrebatando mujeres para tomarlas como objeto y abusar de ellas, es parte del porque Noé tiene que construir una barca, llenarla de los animales del reino y dejar afuera aquellos que están muy lejanos de haber sido creados a imagen y semejanza del creador.

De esa historia -basada en los libros del antiguo testamento e interpretada por los escritores Aronofsky y Handel- a la actualidad, parece que el tiempo no ha pasado y me pregunto ¿estamos en el siglo XXI?

Lo que está sucediendo en Nigeria, es imperdonable. 200 niñas secuestradas por el grupo militar Boko Haram y la amenaza de estos de venderlas en el mercado negro, suena a broma cuando pensamos que estamos en un nuevo milenio, donde el hombre ha logrado combatir las plagas y las epidemias. Donde conoce mas del espacio que nunca antes en la historia. Cuando nos comunicamos sin limites de distancia de manera instantánea.

Cuando pareciera que el hombre ha logrado una evolución única, vemos repetirse las escenas de Noé. Una muchedumbre que abusa del poder que le da una arma para someter violentamente, en esta ocasión de una manera radical, a la mujer y volverla una esclava.

De que sirven la ONU y las instituciones mundiales, si no se unen para acabar y poner un alto a cualquier grupo radical que atente las garantías y derechos mínimos de un hombre.

Los gobiernos se hacen cómplices cuando no usan sus armas para defender al indefensos. Para defender el mas mínimo derecho que es la libertad. Y solo las usan para cuando conviene a sus intereses económicos.

Y es cómplice también todo aquel que de manera indirecta financia estos mercados negros. Pagando por sexo o por la pornografía que se produce con mujeres y niños que son privados violentamente de su libertad. 

Las mujeres seguimos sufriendo el ataque de querer ser considerada un objeto. De que no se respeten nuestros derechos. De que no haya leyes universales que sean independientes a cualquier país o cualquier religión. Nuestra destino sigue siendo incierto.

¿Qué acaso necesitamos otro diluvio?