Conocemos las problemáticas a las que se enfrenta la Zona Metropolitana de Monterrey, son cada vez más evidentes porque muestran el rezago urbano en el que se ha vivido durante las últimas décadas. 

Por lo mismo, no debería ser difícil de entender que necesitamos reinventar los procesos de lo urbano para asegurarnos de la calidad de vida que tenemos por derecho. 

Sobre todo, porque el desarrollo de la urbe está vinculándose a los indicadores de desarrollo humano y competitividad en el mundo. 

Replantearnos la visión de la ciudad requiere apelar a la inteligencia colectiva. Ese desde el punto que se vea es difícil. Porque, primero, la ciudadanía tendría que reconocer que realmente existe el problema y que éste no caiga en un planteamiento tradicional. 

Ejemplo: “El problema es la vialidad”. No. El problema, hoy en el mundo se llama “movilidad” y ahí hay un mundo de diferencia. 

¿Cómo ser creativos ante la falta de cultura urbana necesaria para ir al ritmo de los cambios urbanos que se gestan en las sociedades más avanzadas? 

Esa es la pregunta para incidir no sólo en la oferta por parte de los gobiernos, sino en las demandas de los habitantes en los territorios. 

Más en Monterrey, donde la lógica parte de una dialéctica a partir del uso excesivo del auto. Pongo otro ejemplo para que nos quede claro: “Y, ¿dónde voy a estacionar mi carro?” En lugar de: “¿Cómo puedo llegar caminando o en transporte público?”.

Así, la faena es por vía doble. Replantearnos la forma de hacer la ciudad no es un asunto exclusivo de los planeadores urbanos, sino de la misma civilización que la hace.  

Comprendo que el habitante promedio no tiene conocimiento urbano y que, problablemente, esto también genere un sistema en el que nos acostumbramos a vivir de esa manera y resulta una tarea titánica “desterarse”. Incluso, que parezca normal y que lo defienda, aunque atente contra su propio bienestar. 

Ésa es una de las contradicciones por las que a pesar de los pequeños grupos de interés que hacen agenda en la ciudad humana, la oferta parece seguir instalada en lo popular. 

De ahí, que gobernantes, políticos y funcionarios públicos sigan sin asumir la corresponsabilidad en el sentido que corresponde a la visión de una ciudad de futuro basada en la escala humana.  

Sin embargo, es el momento preciso en que debemos apostarle a otra modus vivendi que incremente nuestras posibilidades de sobrevivir al rezago con las mínimas consecuencias posibles. 

Esto parece una lista a Santa Clós, pero es una propuesta abierta para los tomadores de decisión que llegarán al poder después de junio. 

1. Recuperar calles pacificándolas mediante la priorización. Lo anterior trae seguridad urbana e incrementa la accesibilidad y el consumo. Algún genérico de esto se le conoce como “calles completas”.

2. Introducir la palabra “banqueta” en las secretarías de Obras Públicas y en la ley de pavimentos para que sean parte del “menú”. 

3. Dejar de insistir en hacer puentes viales sobre las mismas arterias viales. Más bien conectar o ampliar la red uniendo tramos y multiplicando opciones sin incrementar carriles al auto sobre las mismas arterias.  

4. Incentivar terrenos subutilizados para la construcción de espacios públicos.

5. Hacer rentable el desarrollo inmobiliario a lo largo de ejes de transporte público.

La lista puede seguir. Estas propuestas son factibles si las demandamos, de otra manera se reducen sus probabilidades de siquiera imaginarlas. 

Y es que a veces, cuando pedimos que existan propuestas, poco entendemos que con éstas se adquiere también un compromiso que cuando está en juego la civilización, es tan responsable el gobernante en turno como cada uno de nosotros. 

En ese “nosotros” hay quienes exigen una ciudad de “ayer” en el rezago de lo que conocemos ahora. Entonces, las propuestas no se hacen solas, si no hay voluntad, convicción y corresponsabilidad con el futuro de la ciudad.