De acuerdo con la estimación más reciente de analistas de BBVA, el Producto Interno Bruto durante el 2014, que se publicará hoy, alcanzaría una tasa de crecimiento anual de 2.1 por ciento, similar a la media de analistas encuestados por Banxico hace un mes que ronda el 2.2 por ciento.

Esto por si solo ya es una noticia relativamente mala. A inicios del 2014, la expectativa de los analistas resultaba insuficiente para un país como México, aún y cuando era de una tasa de 3.4 por ciento.

Pero bien valdría la pena pensar más profundamente sobre nuestra ya tradicional decepción anual.

Dadas las condiciones actuales de la economía mundial, ¿es un crecimiento rescatable o necesitamos subirnos al tren de los recortes de tasa como ya lo hacen otros países emergentes?

Sabemos con cierta certidumbre que estamos creciendo gracias a nuestra privilegiada posición geográfica y el despegue de nuestro principal socio comercial.

Las exportaciones manufactureras continúan mostrando vigorosidad y, con la fuerte depreciación del dólar, esta tendencia solo se acentúa. 

Sabemos también, a grandes rasgos, que el lastre del país continúan siendo los estados del sur del país y el mercado interno. Según un índice publicado en el sitio web “México ¿Cómo vamos?”,  los Estados del norte del país y la zona del bajío contribuyen muy desproporcionadamente al desarrollo económico del país.

En el mismo sentido, el Indicador de Confianza del Consumidor se ha mantenido durante este año y el pasado visiblemente muy por debajo de sus promedios previos al 2013.

Otro indicio de la debilidad del consumidor mexicano está en la ausencia de inflación: a pesar de un dólar más caro, los importadores no parecen haber traducido sus incrementos hacia el mercado. Una razón probable de lo anterior es que enfrentan una demanda endeble. 

Entonces podemos deducir que para crecer más se debe crecer internamente. ¿Bajamos la tasa de interés objetivo? Desafortunadamente, la solución parece ser mucho más compleja que eso.

Si consideramos, como lo han demostrado numerosos estudios, que el crecimiento de la productividad ha sido nulo en los últimos años, una baja en la tasa tendría poca influencia en el crecimiento de largo plazo porque los términos de crédito se traducirían simplemente en más consumo.

Reducir la tasa de interés objetivo también nos pone en una situación incómodo ya que seguiríamos justamente el camino contrario al de nuestro vecino, potencialmente depreciando más a nuestra moneda y afectando todavía más a los importadores (muchos de los cuales, por cierto, son empresas productivas).

La deprimente realidad es que no hay suficiente oferta de inversiones productivas. En un país emergente como el nuestro, pedir prestado a una tasa de 3, 5 o hasta 10 por ciento debería convertir en rentables muchos proyectos. 

Entonces, no queda más que concluir, que no tenemos demanda a invertir por los problemas estructurales que desafortunadamente muchos ya conocemos: falta de seguridad jurídica, pésima educación y gobernantes en busca de dinero y soluciones rápidas. 

Subirnos al tren, pues, sería una decisión a corto plazo y ultimadamente inútil porque lo que al país le falta no es dinero barato sino simple y sencillamente proyectos  y personas en que invertirlo.