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Opinión
Índira Kempis

El asesinato de George Floyd encendió las alarmas en el mundo. Eso que pensamos había estado superado, no lo está. El racismo sigue siendo opción para quienes con odio y ventaja cultural tienen permiso y hasta legitimidad para discriminar o violentar a otras personas por su color de piel. Cientos de jóvenes en Estados Unidos, sin importar la pandemia en la que estamos sumergidos, salieron a las calles a hacer visible su indignación ante este atroz crimen.

Revivió con fuerza la lucha de Martin Luther King. Esa que desnuda el más bajo nivel de conciencia humana cuando se ve con los ojos de una cultura que pesa: la del rechazo con violencia a la piel oscura. La que se deriva de años de esclavitud y que hoy coloca etiquetas desproporcionadas de “delincuente”, “pobre” “sirvienta”, “violador”, a quienes heredamos tal color de piel.

Pero, lamentablemente, ese asesinato que -ademas fue grabado, circulado en redes sociales y, por tanto, todos somos testigos- no es el único caso que le duele al mundo. Hay más. La misma gente en Estados Unidos hace un recuento del acumulado en los últimos años.

En México se desató un debate añejo pero que no se entiende todavía. Quizá por eso mismo, porque duele verse en un espejo similar o peor, según sea la circunstancia. Pero aquí también discriminamos o violentamos a la comunidad afrodescendiente, indígenas y mestizos. Herimos con facilidad al “jugar” hasta con las palabras: “naco”, “india”, “chacha”. Pero eso es lo menos, hoy también el color de piel representa un muro para conseguir oportunidades de trabajo, para evitar que te persiga la policía en un centro comercial, o bien, para librarte de un asesinato por odio.

Las raíces de la desigualdad hacen que la gente blanca no se dé cuenta siquiera de su privilegio. Y, seguramente, hay más de una persona que al leer el párrafo anterior podrá asegurar que exagero, que a la clase media de gente blanca también les ha costado sus oportunidades, es más, que los “discriminan por ser güeritos o güeritas”. O incluso que tampoco podríamos poner en un plano de víctimas a los que sí son morenos o negros y a la vez narcotraficantes.

El recuento que tenemos que hacer no es para lastimarnos más o subestimar las historias de vida o nuestras propias experiencias. Es visibilizar que sí pasa. Esa reflexión colectiva y al interior es necesaria para cambiar lo que nos estorba como humanidad.

La búsqueda de un mundo justo e igualitario necesita de estos debates abiertos, francos, llenos de realidad que nos permitan comprender con empatía que no podemos seguir perpetuando lo que nos hace daño como sociedad. Romper con el racismo es un paso determinante no sólo para alcanzar el Estado de Derecho que pone las bases equitativas para la convivencia, sino para establecer nuevos acuerdos sociales en aras de la sobrevivencia humana.

Si no nos hemos dado cuenta, este es el momento de dejar de decir que casarte con un hombre o mujer blanca es “mejorar la raza” o que trabajar duro es “hacerlo como negro (esclavo)”.

Un día siendo muy niña le pregunté a mi mamá: ¿por qué la maestra sólo abraza a las niñas güeritas?. Ahí descubrí que el mundo no es igual y que en este país nacer con un color de piel distinto al exaltado (o de supremacía histórica y estética) te pone una y otra vez en desventaja. Aunque insistan en que no es así, lejos de cierta clase de “victimismo”, tenemos otros datos.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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