Desistí de recabar el apoyo ciudadano mediante las firmas que solicita el Instituto Nacional Electoral bajo los lineamientos establecidos por la Comisión Estatal Electoral, pasé del “¿cómo vas con las firmas?” al “pero, ¿por qué?”. Le explico detalladamente ambas respuestas.

¿Cómo vas?

Esa es la pregunta que constantemente me hacían en redes sociales o de forma personal.

Era difícil, y no es reclamo ni mucho menos, contestarla, porque cuando se viene en “soledad”, sin estructura y teniendo prácticamente todo en contra, era fácilmente admitir “voy”.

Pero ir en el sentido figurado porque resulta prácticamente y humanamente posible hacerlo teniendo que lidiar con la falta de información, difusión y educación respecto al tema.

El “cartucho quemado” por la experiencia de la desconfianza ante el contexto local.

Las barreras tecnológicas que impiden la inmediatez, así como incluso obstáculos legales que limitaban el uso de las propuestas para no confundir a la gente con los votos (que se supone que es lo que se sale a pedir a los habitantes después de las firmas).

Ese periodo de angustia crece conforme te das cuenta de la extensión territorial -las firmas deben ser del 1 por ciento de la mitad de las secciones por Distrito- y que no todas las INE pasan por algunas condiciones de sección o actualización o errores de captura.

La “parálisis” de las emociones se concentra y limitan cuando te ves en el punto del debate ético álgido: ¿pagarle a gente que haga el trabajo contigo de recaudarlas?

Al principio pensé que esa era la mejor opción. Pero después hubo algo dentro de mí que pensó que eso tiene un costo muy alto.

No por el dinero, sino por lo que implica el acto de pagar algo que se supone debe ser voluntario. Voluntario. Así como se leyó.

Me acordé entonces de mi profesor Sergio Fajardo, quien me enseñó que el que “paga para llegar llega a robar”.

No tuve que pensar demasiado, y aunque a nadie tengas que decirle o explicar lo que haces en el cómo llegas, no sólo hay forma, hay fondo también.

Pero, ¿por qué?

Porque en resumen este periodo de emprender el camino de la política en esa proeza que implica cumplir con todos los requisitos y salir a la calle, da un golpe de realidad: falta cultura cívica que sostenga la “independencia”.

Porque mientras no exista entonces de poco sirve. Una figura tan noble por la que se ha luchado durante tantos años merece que se le reivindique.  Pensé que podía. Pero no.

Esa “soledad” es terrible cuando te das cuenta del país y el Nuevo León en que estás parada.

Donde pocas personas quieren o reconocen que deben involucrarse en la política si es que queremos cambiar.

De otra manera será muy difícil lograr caminos propios, porque incluyendo el proyecto de Pedro Kumamoto, Wikipolítica, tendrías que hacer esa estructura de voluntarios.

Hice el intento. Pero eso no se puede forzar. No depende de la persona, sino de este cúmulo de factores que recaen en eso que adolecemos tanto. La falta de cultura cívica.

He decidido participar en otro camino. No es mucho menos más seguro, al contrario, será más difícil. Pero México necesita una evidente reflexión de qué vamos a hacer con esta crisis de la política, pero también de una sociedad sumergida en la apatía. El juego está abierto.