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Opinión

En los meses que lleva esta pandemia de COVID-19 en México, hay soldados vestidos de médicos, enfermeras, camilleros, personal de limpieza, laboratoristas, que trabajan sin descanso para salvarnos la vida.

Orgullosas y orgullosos portan su uniforme verde oliva y atienden las crecientes y múltiples órdenes que van desde apoyar a ciudadanos ante emergencias, levantar escombros, repartir despensas, rescatar colonias por inundaciones, los que vigilan las calles u hospitales donde se ubican los enfermos, o los que construyen un Aeropuerto, o dan su vida en la lucha contra la delincuencia y el crimen organizado.

Desde marzo cuando comenzó la pandemia, las Fuerzas Armadas pusieron a disposición sus clínicas, hospitales y personal especializado para atender a la población civil. Han rehabilitado y creado infraestructura; coordinado la recepción, distribución y protección de materiales médicos a lo largo del país.

Nuestras Fuerzas Armadas también han sido golpeadas por el virus, varios de sus miembros se han contagiado o han fallecido debido a la atención médica que brindan, lo que exacerba la rotación de personal que existe en cuarteles, regimientos y batallones, pues cada día hay más contagios y menos personal para atender.

Los militares y marinos no son inmunes, al igual que miles de ciudadanos se enferman y también mueren. Tienen una familia que sacrifican cuando son enviados a cumplir con el deber, sin importar que ello signifique perder la vida.

Como Agustín, médico militar que combate diariamente al COVID-19, y tristemente ha visto morir a sus compañeros.

“Los veo entrar caminando al hospital y salir en un ataúd. Es desgarrador saber que no todos van a ganar la batalla. Muchos nos formamos a la par, compartimos alimentos, alojamientos y hasta experiencias familiares, porque así es como se compone la gran familia militar, que sin ser de los mismos padres nos consideramos hermanos”.

Urge brindarles a las Fuerzas Armadas un marco jurídico que no deje lugar a dudas sobre sus ámbitos de desempeño y compromiso, y que salvaguarde la institución y la fortalezca.

Agraviados primero, reconocidos tardíamente y abrumados ahora con tareas que no estaban en su ya muy amplio abanico de responsabilidades. Hay que advertir que sabiendo de antemano que un “no” es imposible cuando reciben una orden de su jefe supremo o de uno de sus superiores, el camino de abusar no es la opción bajo ninguna circunstancia.

Primero porque alteran la esencia misma de la institución, y después, porque una vez que las mujeres y hombres de las Fuerzas Armadas digan “sí”, los que deberán de responder por sus acciones dejarán de hacerlo, y cuando llegue la hora de repartir culpas y ya no responsabilidades, la sociedad volteara a ver justamente a los más leales y comprometidos, a los soldados y marinos de México.

Y si a este catálogo de tareas que se suman cada día el marco jurídico en que se desempeñan tiene lagunas e incluso controversias que han llegado a laCorte, se deja a nuestras Fuerzas Armadas en el peor y más riesgoso de todos los mundos.

No es suficiente agradecer y reconocer, es urgente cuidar, salvaguardar y fortalecer a una institución que cuida de nosotros, de nuestras familias y de nuestra Patria.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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