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Opinión

¿Para qué ha funcionado el teléfono todos estos años? Su propósito es establecer una comunicación con individuos fuera de casa, romper barreras físicas para acercarnos a nuestros seres queridos, hacer una cita con el médico o tener una conferencia laboral.

Como toda herramienta, también puede convertirse en un arma.

La que antes era una vía de comunicación de suma confianza se ha convertido en un canal para la extorsión, los fraudes o simplemente de acoso. Porque, por lo menos para mí, llamadas telefónicas sirven, a medias tintas, para ofrecerte tarjetas de crédito, planes móviles, o amenazas de extorsión mediante números desconocidos.

Las vías de comunicación se han diversificado, gracias a los avances de la tecnología. Antes, en las décadas previas a los 90, predominaban las llamadas a casa, ahora existen las redes sociales, el correo electrónico y, como último recurso, las llamadas de Telcel o marcar al número en casa. Preferimos, por lo menos los millennials, formas de comunicación más breves e impersonales. Las llamadas son para una vía más directa, o de emergencia.

Sin embargo, como les comento, estas últimas se han convertido en un estorbo, o incluso en un peligro, en algunas ocasiones.

¿No les ha pasado? Les llaman por teléfono, contestan y de inmediato cuelga el emisor. Es algo muy extraño. Lo peor: sucede en varios momentos del día, incluso en fines de semana. Aunque no suceda nada grave, el simple hecho de acechar la rutina con múltiples llamadas me parece algo nocivo, asfixiante.

¿Por qué tanta gente desconocida tiene nuestro número de celular, algo supuestamente personal? Al parecer son las empresas, quienes solicitan un número telefónico para promociones, contratación de servicios u otras utilidades. Una teoría posible es que esa base de datos es hurtada con fines corruptos, o bien es otorgada a otras partes de manera deliberada para distintos objetivos. Sea cual sea el caso, es una invasión a la privacidad. No debería de ser permitida.

Constantemente las redes sociales están cohabitando nuestro espacio, nuestra habilidad de tener una vida tranquila. A veces porque nosotros queremos compartir la información con el mundo, con tal de no sentirnos solos, con tal de pertenecer. Pero lo grave de la situación es cuando no queremos esa información divulgada, o por lo menos no de forma consciente.

Me trae a la memoria un episodio de Black Mirror, la aclamada serie antológica de Netflix, que relata fábulas normalmente deprimentes sobre las consecuencias del uso de la tecnología. El capítulo se llama “Shut Up And Dance” (“Cállate y baila”). Habla sobre un joven cuya vida se desmorona al recibir un mensaje de texto de un extorsionador que le pide al protagonista hacer una serie de tareas cuestionables con la amenaza de que, si no lo hace, divulgará un oscuro secreto de su vida privada a todos sus contactos, arruinando su reputación.

Aunque el episodio tiene un oscuro mensaje sobre la naturaleza humana, también sirve como un recordatorio mórbido sobre la fragilidad de nuestra intimidad en la era moderna.

En el caso del capítulo se trata de una invasión total, mediante correo electrónico, mensajes de texto y llamadas con la voz distorsionada. Aunque en el acoso vía celular el engaño suele ser mucho más sutil, o “disfrazado” y también se debe tener cuidado. Nunca se sabe qué tipo de repercusión hay.

Tampoco se trata de ser paranoico, pero es importante tener conciencia de aquel fenómeno. A pesar de ello, las llamadas, como medio de comunicación formal o más personal que un mail o un “whats”, siguen teniendo vigencia en la era moderna.

Recordemos únicamente la importancia de nuestros datos, nuestra privacidad y nuestra integridad. Cuando uno o varios extraños llaman, la cautela es indispensable.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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