Después de haber convivido con una persona que da positivo al SARS-Cov-2 y comienzan los síntomas como cansancio extremo, cuerpo cortado y temperatura, te vuelves el apestado social número uno de tu comunidad, y la presión –como con las drogas– a que te hagas una prueba para la detección de COVID-19 es la nueva marginación del momento.

O, al menos, eso me tocó a mí.

Mi negación a hacerme este test nasal era rotunda, cualquier cantidad de personas me habían explicado lo poco sensible que es el personal que mete el hisopo en la nariz, y los memes en Internet equiparan la escena de El vengador del futuro (1990), cuando el personaje de Arnold Schwarzenegger, Douglas Quaid, se mete una especie de pistola que le extrae de la nariz un implante que viene desde su cerebro, o sea, una situación asquerosa.

Pero, como nadie iba a estar quieto y la incertidumbre continuaba en torno a sí tenía o no el virus pandémico, acudí a ver los requisitos para la dichosa prueba.

De antemano, puedo decir que no es algo tan fácil y sencillo, como ordenar una pizza, los laboratorios privados son caros, ni hablar de las que se hacen a domicilio. Y, para variar, quienes las ofrecen a un módico precio no cargan sus plataformas, al menos, cuando las intenté abrir en dos dispositivos distintos.

Además, la mayoría deja de hacer las pruebas antes del mediodía o máximo a las 2 pm, ¿acaso hay que rendirle pleitesía al Doctor Gatell y tenga los números bien planchaditos para su conferencia vespertina que, según entiendo, está por regresar de manera semanal?

En fin, hacerme la prueba me tardó otras 24 horas extras, y yendo con el sistema de la Secretaría de Salud por la vía gratuita, bueno, ¡que sirvan de algo mis impuestos!

En la alcaldía Miguel Hidalgo, la aplicación es a las 9 horas, pero recomiendan llegar antes (se rumora que hay personas haciendo fila desde las 7 am) en mi caso, como la tengo a escasas cuadras llegué 18 minutos después de la hora marcada.

La información clara y concisa, el personal de salud, atento y paciente, la gente… bueno, pues es México, parecía más una vendimia de domingo pozolero, pero en austeridad. Familias completas iban a realizarse el test, por paranoia o gusto, sin presentar síntomas y hasta se echaban su tamal y atole, ¿qué tal?

Leyendo información en los laboratorios privados, varios de ellos especifican ayuno, no haberse lavado los dientes, ni haberse sonado la nariz, entonces, acudí en esas condiciones.

La prueba, rápida, dolorosa y sin ganas de volverla a hacer en mi vida. Si llegaste hasta aquí, querido lector, debo decirte, que todo salió negativo, ¿por qué? Lo desconozco, pero para mí ya es un aliciente y tengo un papel que avala que, al menos, no estoy contagiado.

Sin embargo, hay quienes ahora me insisten que debo hacerme la prueba PCR, entonces: ¿COVID o no COVID? He ahí la cuestión.