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Opinión

Mientras México sigue embebido por Roma, hay más cine independiente que está ahí afuera buscando abrirse camino y aunque tenga la proyección en salas comerciales, es apenas exhibido con pocas copias a nivel nacional.

Ejemplo de esto es El hombre que mató a Don Quijote, de Terry Gilliam, la cual, después de durar años en un “development hell”, al fin pudo ser financiada bajo la coproducción de cinco países y con un presupuesto de 18 millones de euros.

El término de “development hell” (desarrollo infernal, por traducirlo de manera práctica al español) suele ocurrirle a filmaciones que carecen de una pre-producción cimentada. En el caso de Gilliam, este largometraje despegó en el 2000, pero todo se fue al traste.

Desde años antes, el cineasta había querido levantar el proyecto en Hollywood, pero cada oportunidad se volvía un fracaso. Fue justo en el inicio del nuevo milenio que se comenzó el rodaje con los actores Jean Rochefort y Johnny Depp en los papeles principales, pero apenas iniciada la producción, Rochefort no pudo continuar debido a una doble hernia de disco.

Esta frustración se capturó en Lost in La Mancha (2002), documental que se hizo del detrás de cámaras y que además de exponer la salud del histrión francés, muestra que desde el primer día del rodaje, las inclemencias del tiempo jugaron contra Gilliam, ya que una lluvia devastó la locación desértica en la que estaban.

El realizador llegó a pensar que la producción inspirada en la epopeya de Miguel de Cervantes Saavedra estaba maldita, ya que Orson Welles intentó también hacer su versión del Quijote y nunca logró terminarla.

Tuvieron que pasar 17 años, además de demandas con una aseguradora, otra con un productor, entre más peripecias, para que Gilliam pudiera filmar durante el año pasado y ahora poder estrenar este filme en México y otros mercados internacionales.

En la cinta se narra como Toby Grisoni, un director de comerciales, regresa a España a filmar tras una década de haber hecho un cortometraje estudiantil basado en la historia de Don Quijote. Durante el nuevo rodaje, Grisoni encuentra al hombre que interpretó al caballero de la triste figura y este cree que en verdad es el personaje creado por Cervantes.

Gilliam ofrece una versión personal y libre del Quijote, donde claramente exorciza sus demonios internos, todos aquellos que lo acompañaron durante años al ver fallido su proyecto, pero ahora demuestra que siguió contra la adversidad, enfrentándose a los molinos de viento que le interpuso la vida.

La cinta narra como Toby Grisoni, un director de comerciales, regresa a España a filmar tras una década de haber hecho un cortometraje estudiantil basado en la historia de Don Quijote


* Esta opinión no refleja la del periódico

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