El mundo enfrenta una segunda oleada de COVID-19. Así lo ha declarado oficialmente la Organización Mundial de la Salud y así lo demuestra el agresivo rebrote que azota la región europea convertida ya en el nuevo epicentro de la atención mundial ya que, de nueva cuenta, la pandemia ha obligado a la mayoría de los gobiernos a restablecer medidas de confinamiento y restricción de libertades.

Pues bien, es un hecho que, tal y como ocurrió al inicio de la pandemia, lo que estamos viendo en Europa tarde o temprano —en mayor o menor medida— también lo vamos a ver aquí en México. Esa es una de las principales lecciones de la primera oleada que debemos tener en cuenta. Así que la pregunta obligada debe ser: ¿estamos preparados para sortear de mejor manera esta segunda?

Recordemos que desde un inicio la decisión de la autoridad sanitaria fue adoptar una estrategia de mitigación, más que de supresión. El objetivo siempre fue administrar la velocidad de contagio, más que contener la propagación. Ello, en teoría, permitiría mantener el equilibrio entre reactivación económica y funcionalidad del sistema de salud. La realidad es que, desde diferentes perspectivas, tenemos que aceptar que el costo de esta estrategia ha sido muy alto.

Desde el punto de vista de salud, oficialmente tenemos más de 920 mil casos confirmados y 92 mil decesos, lo que nos ubica como el cuarto país con más muertes por COVID-19 en el mundo, solo superado por Estados Unidos, Brasil e India. Esto sin contar el hecho de que la misma autoridad sanitaria ha aceptado que los datos están subestimados hasta 8 veces en el caso del número de contagios; y que, de acuerdo con los registros de exceso de mortalidad, el número de fallecidos podría ser de al menos el doble.

Desde un punto de vista económico, la estrategia de privilegiar la transferencia directa de recursos a la población vulnerable y dejar en segundo término el apoyo a Mipymes, ha significado el cierre masivo de pequeños negocios y fuentes de empleo. Aunque es muy pronto para evaluar el impacto estructural de esta decisión, es previsible que tenga una repercusión negativa en la capacidad de recuperación de la actividad económica. Mientras que otras economías lograrán recuperar el nivel de crecimiento previo a la pandemia en uno o dos años, a nosotros nos podría tomar el resto del sexenio.

Dadas las circunstancias y considerando el daño potencial que una segunda oleada podría ocasionar —tal vez más virulenta y letal— no podemos darnos el lujo de mantener una estrategia similar a la que hemos seguido estos 8 meses. Tenemos que seguir el ejemplo de Europa y prever acciones más contundentes que nos permitan “contener” el impacto de esta nueva oleada. Más aún, si en esta ocasión los más afectados serán los adultos jóvenes, porque de antemano sabemos que este segmento poblacional tiende a subestimar los riesgos sanitarios, sobre todo por el cansancio que han significado tantos meses de restricciones y limitaciones.

Justo ahora que hemos comenzado a observar un incremento en el número de contagios por COVID-19 a nivel nacional, es el mejor momento para desplegar una estrategia de comunicación efectiva y un liderazgo proactivo orientada a contener la aceleración de contagios. El objetivo es evitar que esta nueva amenaza nos rebase y termine por cancelar las expectativas de recuperación de la economía de muchas familias y empresas que hasta el momento han logrado mantenerse a flote a pesar de la pandemia.