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Opinión

Con recursos tecnológicos apenas necesarios para navegar en el espacio, padre e hija se adentran accidentalmente a una luna de un mundo ajeno al suyo, el lugar boscoso tiene un aire tóxico con esporas en el ambiente, por lo que con traje de astronauta recorren el desolado paraje, en búsqueda de gemas invaluables.

Esta premisa podría asociarse a una cinta de alto presupuesto hollywoodense, con un aparatoso montaje de efectos especiales computarizados y grandes estudios detrás de la producción; sin embargo, la sorpresa es que es todo lo contrario, y más en plena actualidad donde proliferan películas que sí ostentan todos los calificativos anteriores.

Para los entusiastas de la ciencia ficción, Prospect (2018) llegó a Netflix —aunque no le pertenece a la plataforma— recientemente, la cual resalta por cuidar su producción independiente y de bajo presupuesto, para hacerla parecer un filme de millones de dólares.

Con un presupuesto aproximado de casi cuatro millones de dólares, es claro que el largometraje es un esfuerzo alternativo, ya que es la ópera prima de los directores Zeek Earl y Christopher Caldwell, quienes previamente hicieron el cortometraje homónimo, para ver si podían levantar fondos y hacer la ahora producción de 97 minutos.

Y es que los realizadores en 2011 exhibieron el corto Into the Pinesen el festival South by Southwest de Austin, Texas, en donde más de un distribuidor se les acercó para alentarlos a hacer un largometraje, pero no terminaba de cuajar un guión en forma y mejor impulsaron su escritura hacia otro corto que llegaría tres años después.

Prospect, cortometraje de 14 minutos —disponible gratuita y legalmente en Vimeo— logró el triunfo y ahora existe su versión extendida, la cual es protagonizada por Pedro Pascal, Sophie Thatcher y Jay Duplass.

Las partículas venenosas que flotan en el aire son producto del polvo de un sótano grabadas aparte y puestas sobre la cinta terminada en post producción, por lo que no fue necesario usar efectos generados por computadora.

Al ver este filme, se recuerda a Alien: el octavo pasajero (1979) por la temperatura de color que manejan los cineastas a cuadro, además la tecnología rudimentaria de un futuro que parece atorado en el pasado, también le añade ese sabor hacia un universo que se ve convulso por haberse quedado atorado en su avance a la modernidad.

Como ya lo resaltó la revista Wired, Earl y Caldwell ponen el ejemplo de cómo hacer una Space Opera con poco dinero, siendo esta película una Master Class para cineastas emprendedores e incluso de la vieja guardia. La creatividad es el límite.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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