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Opinión

En un restaurante elegante, de manteles blancos, dos hombres de corbata y traje comparten en una conversación un gusto en común, además del pasado que los une de manera intrínseca e inseparable.

Una hogaza de pan yace en una servilleta blanca de tela, puesta sobre una charola de metal en la mesa. El alimento, pellizcado por uno de ellos, es remojado en vasos de vino Castello di Gabbiano, mientras “Le Grisbi”, de Jean Wetzel, suena de fondo en el establecimiento gastronómico.

“Questo pane è molto buono”, pregunta Frank Sheeran a Russell Bufalino, quien responde “Buono, eh”, y cuestiona a Sheeran, de cómo un irlandés como él aprendió a hablar tan bien italiano, a lo que éste responde que fue durante la Segunda Guerra Mundial, cuando pasó por el país de la bota y sus distintas provincias, Salerno, Anzio, Sicilia y cerca de Catania.

“Io sono da Catania”, contesta Bufalino emocionado, mientras sigue masticando el migajón envinado.

Así es como se teje una amistad entre ambos, además hilvanada al gusto por lo ilícito, el pillaje y la clandestinidad, esta relación duraría toda su vida, ya que décadas después, la escena se repite, pero ahora en un comedor parco, frío y con una mesa de metal adherida al piso, es la prisión donde cumplen sus respectivas condenas por haber pertenecido al crimen organizado.

“¿Es el jugo de uva bueno?”, cuestiona Bufalino a Sheeran, mientras este asiente y abre la botella de vidrio con sus manos, sirve el extracto morado de fruta en dos tazas de metal y los ancianos beben en silencio. Frank rompe el pan por la mitad y se lo ofrece a Russell, quien confiesa “No puedo comerlo, no tengo dientes, no puedo, pero pon un pedazo”, y el ritual comienza, remojando las migas en el líquido dulce.

“Eh buono ¿no?”, dice Russell con manos temblorosas y Frank responde con una sonrisa y afirmando en italiano.

Pasado el mame por el estreno en cines y ahora en Netflix por El irlandés, que además logró cinco nominaciones en los Globos de Oro, el largometraje de tres horas y media está siendo visto por el mundo entero, pero tal vez no como su director Martin Scorsese lo hubiera pensado.

Es recurrente escuchar “La empecé a ver y me quedé dormido”, “Vi media hora y la dejé para mañana”, “Es una película para viejos”, lo cual resulta lamentable, ya que al precisamente, dejarse de lado la experiencia del cine, se pierde el sentido original: contemplar una obra de arte, en una sola exhibición.

El Irlandés es para degustarse, para apreciarse, para tomarse la cadencia y el tiempo de verla, justo como la amistad de estos capos compartiendo el pan y el vino; y el legado fílmico, pese a quien le pese, será a la posteridad y recordada como una de las mejores cintas de criminales.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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