En un momento pensé que cuatro años de historia en post-conflicto derivado por la violencia del narcotráfico en Monterrey eran suficientes para tomar conciencia sobre la importancia de deshacer los vínculos de los corruptos, tomar en serio nuestro sistema de justifica, o bien, hacer algo para prevenir que estas historias vuelvan a suceder. 

Mi esperanza se ha ido viniendo abajo conforme pasa el tiempo. Primero, ver las diferentes realidades de las víctimas. Los que están dispuestos y, también los que por derecho, no lo están para confrontar sus casos. 

Razones desde emocionales hasta económicas, pero habría que entenderlo para asumir que la responsabilidad de la exigencia no depende de ellos, sino de la sociedad en la que viven. Porque por un caso así no aclarado, ni investigado, sin prevención menos reparación del daño… Cualquiera de nosotros estamos expuestos. Esa es nuestra realidad. 

La otra, es comprender algo que me ha costado demasiado. La indolencia de las autoridades para reaccionar. Si bien, detrás de esto hay múltiples complicidades, también es lastimoso ver que no existen mecanismos para operar las leyes que protegen o castigan a los implicados. 

“Rogar” casi como si fuera un “favor” y no el respeto de los derechos, se ha vuelto una constante en estas tragedias. Ahí tenemos Guardería ABC y News Divine como otros dos ejemplos, en otras ciudades, bajo otros partidos en el poder y con otras circunstancias. Pero siempre lo mismo: “una pelotita” aventada en donde la irresponsabilidad es la constante que opera. Así, en esos archivos pasa el tiempo, no las evidencias. 

Pero lo peor, probablemente, no sean los dos puntos anteriores. Sino la ausencia de sensibilidad y apertura para el aprendizaje de una sociedad resistente a aceptar su memoria. Esto significa que la indignación queda en unos cuantos, pero que el resto sigue justificando y dando explicaciones de una situación que debería moverse en otra dirección. 

Demostraciones existen. Primero, un “memorial” que es sólo un monumento, porque un verdadero memorial (para serlo técnicamente) tendría que estar sobre el predio afectado y, sin embargo, no es así (dejemos de lado su estética, cuando lo que importa es este punto). 

Segundo, una pequeña ciudadanía aprovechándose de esto para sacar capital político sin que les interese la aproximación real a las víctimas, sino la presencia mediática de sus nombres y apellidos. 

Por último, las opiniones que insisten como desde el primer día que se “deje atrás” porque “Dios así lo quiso”, porque “estaban en el lugar equivocado”, o bien, “se lo merecían por ludópatas”, que en esto último se nota más la indiferencia. 

La memoria y la empatía deben servir para abrir nuevas formas de entender la vida. La transformación de nuestras civilizaciones en gran medida depende de eso. 

No podemos hablar de sobrevivir al conflicto si no tomamos conciencia del justo valor que tienen estos sucesos no sólo para “superarlos”, sino para abrir procesos sociales de resiliencia que permitan la respuesta de nuestros gobiernos. 

Quien olvida sin propósito, está dejando en el pasado posibilidades infinitas de replantearnos el mundo.

Hablando con Antanas Mockus me daba cuenta cómo incluso yo misma comenzaba a pensar que ya no había remedio. Pero mi profesor colombiano, quien ha destacado en el mundo por contribuir a la paz, me recordó el maravilloso motor que es entender que la vida es sagrada y que nos sobran motivos para la transformación. 

Resistencia, pero también resiliencia, y en ambas la memoria tiene un papel indispensable. Sin memoria con propósito, no puede haber justicia, menos esperanza.

Cuando planteaba sobre qué escribiría esta semana, se me vinieron muchos temas, menos éste. Le rehuí por horas. Otra columna más sobre el Casino Royale. Después de todos estos años, es inevitable por lo que he expuesto hacerme esa pregunta. 

Pero mi respuesta es al no olvido para recordarnos la gran responsabilidad que tenemos frente a nosotros. No para lastimarnos más. Sino para no repetir la historia. Algo debemos aprender de no olvidar.