Todos los años llega puntualmente enero, y de esto platicamos hace pocas semanas cuando expusimos la temporalidad. Por tal motivo, no nos debe tomar por sorpresa la famosa cuesta de enero, en la cual debemos pagar los platos rotos del desenfreno del año que acaba de terminar, desde el tan mentado “Buen Fin” hasta la asistencia a los tres Reyes Magos, además de la carga de contribuciones locales como el predial que se suma para algunas personas.

Pero no para todos es terrible el arranque, pues hay muchos que hacen su agosto desde ya. Me refiero a las casas de empeño, surgidas en nuestro país hace casi 250 años con el Nacional Monte de Piedad, que de origen buscaba auxiliar a las personas en sus apuros económicos (dato revelador, pues nos damos cuenta de que no es exclusivo de esta generación el tener problemas de dinero).

En las últimas décadas se han abierto tantas casas de empeño como tortillerías, si no es que aún mucho más, siendo la parte buena el hecho de que tengamos opciones para comparar. Esto a todas luces debería significar una ventaja para nuestro vapuleado bolsillo, pero no siempre sucede así. Para muestra está el dato aterrador que arrojó una encuesta aplicada a la gente que hacía fila en alguno de estos negocios. A la pregunta de “¿Cómo eligió esta casa de empeño?”, la respuesta fue: “Es la que me quedaba más cerca”. Repito, es ¡aterrador lo que contestaron! Y luego nos quejamos de que tenemos problemas financieros, pues obviamente con criterios de esta naturaleza no podremos jamás alcanzar la estabilidad de la cartera.

No estoy en contra de utilizar este préstamo prendario que tiene la ventaja justamente de que, dejando en garantía algo de valor (una prenda, de ahí el nombre), nos den dinero prácticamente de inmediato. Lo que me parece verdaderamente increíble es que decidamos con base en pura comodidad, o mejor dicho, en holgazanería. Para empeñar debemos considerar varios puntos fundamentales, entre ellos, cuánto tendré que pagar de intereses mensuales. Debo cerciorarme de que sean “men-su-a-les”, pues hay muchas argucias en las que me muestran una tasa muy atractiva, pero es semanal y eso hace que sea sumamente costoso el crédito.

Por otro lado, hay que saber el porcentaje de lo que me prestan en función del valor de lo que dejo empeñado, pues también hay abusos cuando me ofrecen cantidades incluso menores al 50 por ciento del valor comercial. Finalmente, checa que no vayan a cerrar la cortina y se lleven lo que les dejaste, pues llega a suceder, y revisa en la Profeco los antecedentes de cada empresa.

Recuerda: “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.