En pláticas informales se habla de muchas dimisiones, algunas necesarias, otras urgentes, la mayoría bienvenidas. Algunas por vejez y salud, como la del Papa. Otras, las más, por motivos políticos y/o económicos. Uno que otro, por cretino.

Desde el pasado 11, un lunes que se volverá efeméride en el calendario de moros y cristianos, en los pasillos de las oficinas se escucha “ojalá fulano hiciera lo propio”, refiriéndose a la decisión papal. “Quien debería de renunciar es zutano”. “Que se quede el Papa y ya se vaya mengano”.

La lista de los candidatos no es corta. En primera fila está el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien tiene dos meses en un hospital de La Habana recuperándose de un misterioso, pero a todas luces peligroso, cáncer que le provocó una grave insuficiencia respiratoria.

Pero el líder bolivariano morirá con las botas puestas. Después de la ausencia más prolongada desde que es presidente, lo vimos –ni más ni menos que el Día del Amor y la Amistad- feliz y rozagante de salud, con una sonrisa forzada, acostado en una cómoda cama rodeado por sus dos hijas, de mucho mejor aspecto que antes de su última operación. Son fotos sin duda retocadas pero evidencian que Chávez no ha muerto, y su gobierno se quiere jactar de que el comandante es un titán duro de roer. Y por supuesto, que no piensa dimitir.

Otro candidato longevo es Fidel Castro, de 86 años. Pero claro, el líder cubano oficialmente se retiró en 2008, cediendo el paso a su hermano Raúl, tras confesar que sufría de un mal intestinal del que fue operado en varias ocasiones.

No es ningún secreto que en Cuba no pasa nada sin que lo sepa, y autorice, Fidel. Que el Estado es él, y su hermano también, muchos aseguran que incluso en ese orden. Cierto, como lo prometió cuando dejó la presidencia, la isla ha vivido reformas importantes.

Pero que él sigue al pie del cañón en la medida de las limitaciones de su avanzada edad, a nadie le cabe duda. Como los Papas antes de Benedicto.

En América Latina hay por lo menos otro jefe de Estado que debería darle vuelta a la página. Es Daniel Ortega, en Nicaragua, quien ejerce el poder con la misma mano de hierro que lo hiciera el dictador que un día ayudó a derrocar.

Como Somoza en su momento, Ortega ha logrado un control casi absoluto, consolidando un modelo autocrático en un país donde los muertos no solo votan sino que a veces hasta son electos.

El otrora revolucionario sandinista, vuelto predicador, se siente llamado por Dios para ser líder de su pueblo hasta que el Creador le diga lo contrario. También un poco como el Papa. Pero, los que lo conocen aseguran que no seguirá el ejemplo de Benedicto. Y bueno, tampoco ha cumplido 70 años. 

Del otro lado del Atlántico, hay un líder que forma parte de esta lista. Es el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy. Aunque no dimitirá, debería considerarlo por crear una crisis donde miles de españoles podrían morir de inanición.

Hay muchos más, pero cierro con uno de los pesos pesados de Japón, el ministro de Finanzas Taro Aso, quien, a sus 72 años, dijo sobre los ancianos: “Que se den prisa y se mueran” para aliviar la carga fiscal de los japoneses por su atención médica.

Taro Aso debería dimitir, por cretino.