En lo ambiental: erosión de suelos, deforestación, cambio climático, pérdida de agrobiodiversidad; en lo económico: pobreza creciente que expulsa a la población hacia las grandes ciudades o a Estados Unidos; en lo comercial: falta de mercados y precios justos; en seguridad: violencia y extorsión; en lo tecnológico y científico: escasa investigación y poca mecanización. Estos son solo algunos de los graves problemas que enfrenta el campo mexicano y que la presente administración considera se pueden resolver sembrando árboles frutales y maderables, mediante el programa Sembrando Vida o dándole dinero directamente a los campesinos, a través del Programa Producción para el Bienestar y regalando fertilizantes.

Así es la triste realidad de un México cuyo Gobierno pretende alcanzar la autosuficiencia alimentaria sin una estrategia coherente ni un presupuesto congruente, de manera que hoy estamos más lejos de ella que nunca: en 2021, México fue el primer mercado de lácteos, carne, derivados de aves de corral, trigo, granos de destilería, azúcar y edulcorantes estadounidenses. En total, importamos productos agrícolas de Estados Unidos por un valor de 26 mil 555 millones de dólares, un aumento récord de 40 por ciento interanual, según datos del Departamento de Agricultura de ese país.

Esto es consecuencia de la constante descapitalización presupuestaria del campo durante los últimos años. La inversión en 2023, sin contar al programa Sembrando Vida que se encuentra dentro del presupuesto en otro rubro (el de Bienestar), es solo de 49 por ciento de lo que se destinará al Tren Maya y de 36.6 por ciento de lo que se canalizará a las tres obras insignia de la 4T.

Así es, solo 70 mil 527 millones de pesos serán destinados al campo, de los cuales apenas 21.9 por ciento corresponden al programa con el cual el Gobierno asegura que alcanzaremos la autosuficiencia alimentaria, es decir, 15 mil 506 millones, solo 10 por ciento más que en 2022.

Su meta es aumentar la productividad de los pequeños y medianos productores, que representan 90 por ciento de los que hay en el país, dándoles directamente el dinero: entre seis mil y 24 mil pesos ¡al año!, de acuerdo con las Reglas de Operación del Programa Producción para el Bienestar.

Y sin importar que no esté ni siquiera en vías de solución ninguno de los determinantes problemas que impiden a los campesinos producir para vivir dignamente, el Gobierno regalará fertilizantes por un total de 16 mil 684 millones de pesos, 26.4 por ciento del presupuesto para el campo.

Considera, además, que la situación de los campesinos mejorará mediante la siembra de árboles frutales y maderables, para lo cual se proyectó un presupuesto de 37 mil 136 millones de pesos, sin considerar que los árboles maderables tardan, por lo menos, entre 10 y 20 años en crecer, sin hacer nada para que el crimen organizado deje de extorsionar a los campesinos, como el caso de los productores de limón y aguacate -o al autotransporte de carga de estos productos-, ni haciendo algo para abrir mercados.

Es lógico, entonces, que hoy el campo sea más pobre que nunca. De acuerdo con el Coneval, el incremento anual de la pobreza extrema en el ámbito rural fue de 13.9 por ciento a febrero de 2022, el más alto desde junio de 1999.

Todo el plan para el campo en la 4T es un fracaso. Y las propias cifras oficiales lo muestran claramente. Como en el caso de la seguridad pública, se requiere una estrategia multidimensional, cimentada en un presupuesto justo.