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Opinión
Índira Kempis

Seis largos años pasaron. Se espera la última foto en Instagram de quien fuera el Presidente que regresara al PRI al Poder Ejecutivo y también el gran responsable de que el partido tradicional saliera de ahí y por la puerta de atrás, dejándonos un país en total incertidumbre, sin encontrar certezas en la nueva opción de cambio, pero que tampoco hemos tenido antes.

Lejana la percepción de seguridad que daban los medios internacionales, la estabilidad de México como un país que garantizaba con esas reformas las rutas críticas para posicionarnos en competitividad o en combate a la desigualdad.

No sólo eso. Ayotzinapa también es una herida social que no deja de doler. Entre la confusión de una “verdad histórica”, madres y padres de familia en este país en donde la sangre siguen clamando justicia no sólo por los 43 estudiantes, sino por todos aquellos casos de desaparición forzada y otros crímenes que hasta el momento no tienen respuesta.

Los privilegios, excesos, los desplantes y las insensibilidades marcaron la tendencia desde mediados del sexenio. El fracaso de esta administración como el declive de la aceptación de la gente ya visualizaban un escenario perdedor para el Presidente y, sobre todo, para su partido.

El enojo se convirtió en catarsis social. De ahí las bromas, los chistes, los memes, que hicieron que el buen sentido del humor llenara las comunicaciones. Enrique Peña Nieto fue perdiendo, además del poder, el respeto. De la portada de la revista Time no quedó más que el recuerdo de las intenciones.

De “entre los pies”, las innovaciones que también hubo y los funcionarios públicos que realmente hicieron gestiones de altura. Esto se vio opacado por esas prácticas que incluso a algunos les costó el trabajo con tal de evidenciarlas.

El todavía Presidente hasta este viernes, que tal parece que se fue desde el 1º de julio, el que iba a ser el gran reformador, se va dejando un país con muchas deudas pendientes. Un país dolido, hundido en la pobreza, sumido en la violencia, en una crisis que su sucesor aprovechó para prometer grandes proezas que todavía no sabemos a ciencia cierta si realmente puede cumplir.

“Bye, Lord” también podría ser un título de canción que no quisiéramos repetir en la historia del país.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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