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Opinión
Índira Kempis

“Bicicletera” fue la forma en que me describieron pensando que quizá me ofendería y sería sinónimo de desprestigio. Sin embargo, siendo ciclista urbana y habiendo fundado un colectivo con ese mismo fin, sonreí con mucha emoción de sentir que un tema que parecía lejano a la cultura, cada vez tiene un mayor impacto social, en positivo o negativo pero se habla de algo que antes era impensable: andar en bicicleta.

Pero si vamos más allá y cuestionamos el por qué del sentido denostativo de la palabra “Bicicletera”, encontraremos que aunque hemos avanzado en que se debata sobre el tema y que incluso genere cierta polémica, aun los ciclistas deportivos y urbanos somos invisibles.

Y esa invisibilidad está afectando que los tránsitos ya existentes tengan atención tanto en infraestructura como educación en movilidad urbana sustentable.

Es por eso que aunque existan prácticamente 20 mil traslados al día de personas que en la gran mayoría los hacen no motivados por el cuidado ambiental (aunque algunos sí), sino por ahorrarse los pasajes del alto costo del transporte público. Y esta gran motivación está creciendo conforme la desigualdad abre brechas y tenemos pocos incentivos para que el transporte público sea realmente accesible.

De ahí que, aunque no sea tan escandaloso porque no son personas visibles, el número de accidentes que han provocado la muerte de algunos, son prácticamente rutinarios.

Entre el miedo, la falta de infraestructura, desconocimiento, la cultura de la vialidad centrada en el automóvil, provoca que en el imaginario de la gente se vea a la bicicleta como un medio de transporte poco alcanzable, inseguro y que solamente es para pobres, hombres, jóvenes, con alta condición física y casi héroes que saben que en algún momento pueden morir. No es sarcasmo ni broma. Es bastante serio y en serio.

Queda un reto enorme a sabiendas que otras ciudades en el mundo están viendo en la “rila” una de las opciones indispensables para la accesibilidad y conectividad del transporte público. Se está convirtiendo, de hecho, en un indicador de competitividad de las ciudades.

Mientras que en Nuevo León, aunque se ha avanzado, todavía hace falta más ocupación de gobiernos y ciudadanía para comprender que la movilidad de las ciudades no pueden depender en su totalidad del automóvil y que si es posible usar otros medios como la bicicleta no porque alguien tenga que hacerlo como una actividad nueva, sino porque ya existe un grupo de personas que se traslada en bicicleta por las calles y avenidas pese a exponer su vida y que no podemos seguir obviando porque seguiré creciendo en cantidad. Vaya, no se está inventando el hilo negro que ya existe.

Por esa misma razón, ser “bicicletera” no es ningún insulto. Al contrario, es uno de los hábitos más deseables que tenga una persona en ciudades que están cambiando el modelo urbano a partir de nuevas necesidades económicas y de buscar un positivo impacto ambiental.

De lo que habrá que ocuparnos es cómo hacer visible que esta comunidad confirmada de personas que no se ven, necesitamos de infraestructura y cultura que sostenga hábitos que en nada son nocivos.

Nadie tendría necesidad, entonces, de arriesgarse por falta de infraestructura de escuchar ese tipo de adjetivos supuestamente “hirientes” por falta de cultura “Bicicletera”.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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