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Opinión
Celuloide

¿Cuándo podremos conocer los misterios del cosmos e ir más allá de esta Tierra en búsqueda de nuevos mundos? ¿Qué nos espera en el infinito de ese universo?

Dudas y cuestionamientos que están sobre nosotros prácticamente desde que adquirimos un conocimiento superior e inteligente ante los demás seres del planeta, pero la verdadera pregunta es ¿habría privilegios para aspirar a alcanzar las estrellas?

El cineasta Andrew Niccol propuso en 1997 una ficción en donde la genética se volvía una nueva manera de discriminar a la sociedad, aquel que no tuviera un historial de ADN pulcro estaba condenado a vivir fuera de la élite laboral, la cual podía tener un empleo ejemplar.

Lo que hace dos décadas era apenas una ilusión del cine, hoy podría hacerse realidad: la manipulación genética para erradicar el cáncer, males congénitos o enfermedades degenerativas hereditarias desde antes de nacer o procrear a humanos de probeta, esto y más proponía “Gattaca”.

Vincent Freeman tiene el único sueño de poder viajar fuera de este mundo, pero como sus padres decidieron tenerlo sin supervisión de la ciencia, la cigüeña lo trajo con una enfermedad crónica, una falla en el corazón.

Para poder engañar a la corporación aeroespacial Gattaca, Vincent toma la identidad genética de Jerome Morrow, súper atleta que tiene una biología impecable, pero que quedó inválido desde un accidente, por lo que está dispuesto a que se use su pelo, uñas, sangre e inclusive orina a cambio de una módica suma económica.

Es con esta película que Niccol marcó un reto en la ciencia ficción, sin embargo su visión quedó incomprendida en su momento, ya que no logró ni siquiera recuperar los 36 millones de dólares de presupuesto en taquilla.

La propuesta actoral en el largometraje consistió en Ethan Hawke y Jude Law en los papeles de Vincent y Jerome, respectivamente, mientras que Uma Thurman representó el interés amoroso –Irene Cassini– quien también trabaja en Gattaca pero no puede ir al espacio porque peligra en tener un problema cardiaco.

El compositor minimalista Michael Nyman creo las atmósferas musicales del filme de Niccol, las cuales son adhoc por completo a este drama científico que no requirió de grandes efectos especiales para hacernos sentir en un futuro próximo.

¿Acaso la genética se volverá una moneda de cambio de la cual no podremos escapar? Sólo basta pensar que en la actualidad nacen más niños con deficiencias crónicas que con salud plena para el resto de su vida.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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