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Opinión

La política es un fenómeno del cual es muy difícil escapar. Sobre todo en la era del Internet y las redes sociales, donde una publicación o un tuit puede ser el fin de tu carrera o generar conversaciones el día entero.

Campañas, artículos y diversas cantidades de imágenes se encargan de invadir un sitio, comúnmente utilizado para el ocio, en un arma para la discusión o apoyo a múltiples líos de distintas índoles.

Esta semana, se habló de la controversia sobre las pintas al monumento del Ángel de la Independencia y cómo nubló la marcha contra la violencia en contra de la mujeres, así como de la deforestación del Amazonas a causa del calentamiento global.

Si prestamos atención a las teorías de la comunicación, antes éramos más propensos al fenómeno de la aguja hipodérmica, en donde se establece que la audiencia creerá ciegamente lo dicho por los medios masivos (cine, televisión, entre otros), sin embargo, ahora nos enfrentamos más bien a una red compleja de líderes de opinión dentro de la comunidad cibernética, en Facebook.

Dicha figura puede ser un periodista, algún grupo con el cual nos sentimos identificados, o un individuo cuya voz ha tomado tiempo en construir. Podríamos llamarlos “influencers políticos”. Usuarios activos, sin miedo a expresar sus ideologías de género, su apoyo o desacuerdo en torno a la diversidad sexual, su postura frente al factor ecológico y medioambiental, entre otros aspectos.

El personaje es muy interesante por múltiples factores.

En primera porque siente la necesidad de compartir sus pensamientos políticos, con el fin de cumplir la satisfacción de estar apoyando una causa en la que cree. En suma, busca generar por lo menos un debate en quienes no están de acuerdo con su postura, ya sea en redes sociales o en su propio hogar.

En segunda instancia, es importante analizar qué tan comprometido está con las causas que comparte o publica. Una cosa es difundir un artículo, otra es hacer un llamado a la acción y otra es honestamente actuar para cambiar el panorama social de la mejor forma posible. Claro, cualquier obra puede ayudar, pero debe tomarse a consideración, si realmente quiere el cambio, cómo puede hacerlo.

En tercer lugar, es óptimo revisar con qué tipo de carácter o actitud está dando su opinión, ¿De una forma educada, civilizada, y con argumentos sólidos? ¿O de un modo agresivo, insultante, generalizando y atacando a su opositores? Si realmente se busca generar el cambio en otros, es indispensable encontrar un modo congruente y respetuoso de hacerse escuchar, para captar el oído de la audiencia.

Es muy distinto decir, por ejemplo, “no estoy de acuerdo con el maltrato animal porque no es sano para el ecosistema” a decir “tú qué vas a saber, carnívoro retrógrada”.

Sin duda, el rol de líder de opinión adquiere protagonismo en redes sociales, más en Facebook, donde la comunidad es activa para generar cambios o expresar su punto de vista sobre las noticias del momento. Sin embargo, tal poder conlleva una “gran responsabilidad”, como diría en tío Ben

Se trata de una reacción en cadena.

Fuera de las presencias totalmente activas, también existen otras que solo bajo cierta polémica intervienen o quieren compartir su “versión de los hechos”, motivadas, ya sea negativa o positivamente, por el líder de opinión primario.

¿Los demás? Son voces calladas, normalmente, quienes se ven obligadas, por presión social, a participar, a decidir de qué lado están dentro de la polémica o qué ideología política tienen. Pero no todo es blanco y negro.

Así, se genera una espiral cibernética de la que quizá es imposible escapar una vez abierto Facebook. Porque quienes creen en la causa, no importa la forma como se expresen, no se quedarán callados. Y el silencio de quienes no se meten en esos temas también es palpable, hace eco en el ciberespacio.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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