La carrera por la silla presidencial empezó.

Aún no sabemos desde en qué momento álgidamente predecible, pero el momento en que los apellidos López, Anaya y Meade aparecieron, la mayoría sabíamos que quizá se trataba de lo inevitable.

Los tres salidos del priismo original. Aunque eso nadie mayor de 50 años podría negar: la gran vena histórica que se le tiene al PRI nomás porque es historia, que aunque nos guste o no, es lo que ha habido durante muchos años en la cultura mexicana de lo que Octavio Paz llama “la dictadura perfecta”.

Ahora lo que veo es un sistema político que cosecha lo que siembra: coraje, rechazo y plena desconfianza.

Aunque quizá siempre ha sido así, por lo que a algunos nos enseñaron en casa que era mejor ni siquiera hablarlo porque el tema causa escozor, tal como la religión o el fútbol, que salimos con las relaciones personales o familiares rotas.

¿Qué le hemos hecho a este país que en su crisis política más mediatizada lo único que puede ofrecer son fórmulas que están sobradas de nostalgia, de tecnocracia o de conveniencia entre los mismos de siempre? ¿Qué le hemos hecho que seguiremos votando por el “menos peor” y no por aquellos que promuevan un país de futuro?

El abstencionismo de años anteriores es una brújula acertada para entender que aunque exista un frenesí en las campañas políticas, lograr el involucramiento de las personas en la construcción de la democracia es el reto más grande y profundo en este país donde le hemos cedido el terreno a la desesperanza.

Porque la política, con todo y sus “filias” y “fobias”, no la debemos dejar en manos de quienes no sólo en un partido sino en todos, y si vamos más allá en una sociedad solapadora, le ha dado demasiado poder a las mafias que están robando incluso al interior de estos grupos la posibilidad de que tengamos propuestas distintas.

Porque a decir verdad hoy nadie cree en nada. Hacemos como que sí y, sin embargo, el “pero” lo tenemos en la punta de la lengua porque nadie nos enseñó que el país no nace, sino se hace a diario y se hace no sólo a través del voto.

Debemos insistir en que el juego de la política es para meterse. Es para estar presentes. Para participar, pero también para vigilarlo bajo el escrutinio de que lo público es también sagrado.

No se trata de maniqueísmos porque entonces sonaría a discursos baratos. Sino realmente a que como sociedad nos comprometamos a hacer la operación “cicatriz” que por el momento los políticos tradicionales por su propia historia, contexto o circunstancia, no ofrecen.

Nos toca a nosotros, además de ser exigentes con nuestro voto y nuestros votados, hacer desde donde estamos la capacidad colectiva de conciliar, reparar y sanar esta historia de tragicomedia que es una de las peores pesadillas mexicanas que al menos yo no le quiero contar repetidamente a mis hijos, esa que cuenta la leyenda que siempre nuestra apuesta afuera y dentro de los partidos fue por el “ya ni modo”, el “ya merito”, el “jugamos como nunca y perdimos como siempre” o el clásico “votamos por el menos peor”.

La decisión a conveniencia personal estará en el 2018 sujeta a nuestra ética. Estoy segura que cualquiera que sea su decisión estaremos una vez más haciéndolo por el “menos peor”.

Es momento de que esto conforme los años y la experiencia democrática cambie, nos permita tener escenarios electorales de más confianza entre los políticos como representantes en lo público, esa esfera que debería ser sagrada. Aún más y todavía más que en el año que termina. Que el 2018 viene entre una mezcla de incertidumbre junto, esperaría, la disposición a que esto en el largo plazo, cambie.