Pero la crisis no es la única razón para el aumento de la extrema derecha en Europa

Durante treinta años, la extrema derecha ha estado montando los peldaños del poder y hoy, se ve más fuerte que nunca en Europa.

Y mientras que en países como en Bulgaria está retrocediendo, se podría decir que de manera global -y muy particularmente en Dinamarca, Francia y Gran Bretaña-, ésta va viento en popa.

Con la crisis de los refugiados y la crisis económica, el nacionalismo, la xenofobia y el odio toman de nuevo el protagonismo de los discursos políticos de los partidos que parecieran beneficiarse de las crisis humanitaria que se vive a diario en las costas del mediterráneo. Este sería el caso en Francia en donde el Frente Nacional no cesa de ascender sus votos en las urnas. 

Sin embargo, Francia no es el único país donde las cifras de la ultraderecha están rompiendo récords. Hoy, los impulsores más comunes en la escalada de la nueva ultraderecha en Europa son la inmigración musulmana, la globalización, la Unión Europea y el principio de libre circulación entre fronteras, que según las nuevas extremas derechas, son suficientes para borrar las particularidades nacionales de cada Estado. 

La brutalidad con la que se trató a Grecia, las restricciones de la oligarquía financiera, la crisis migratoria, el supuesto avance del Islam y el miedo a perder la identidad nacional, son aspectos que se perciben de manera desigual entre los países europeos. 

Pues aunque en constante expansión, el paisaje de la extrema derecha no es uniforme y las configuraciones cambian de un país a otro.

Las dos derechas

Se podría hablar de dos tipos de movimiento de extrema derecha. La clásica antisemita, xenófoba y a veces violenta que exige el regreso a los valores cristianos, la familia y la autoridad, y que está mucho más presente en Europa del Este, pero que tiende a disminuir a medida que nos acercamos a Europa occidental. 

En los países occidentales la aparición del neopopulismo navega con dos elementos: la actual crisis económica y la pérdida de la identidad europea a raíz de la inmigración y el Islam. 

Y si algunos partidos siguen coqueteando con referencias neonazis y fascistas, muchos otros buscan, más bien, ser respetados aludiendo a lo social: presentándose como el último gran recurso para la recomposición de los derechos de la nación y, sobre todo, como el único baluarte contra una supuesta islamización de la sociedad.

¿Antieuropeo y de extrema derecha?

Estos partidos neopopulistas están aumentando en gran parte de Europa gracias al factor “crisis”, que explica las razones por las cuales algunos países toman una distancia frente al neoliberalismo, critican la globalización, se oponen a las políticas de austeridad, pero sobre todo, que piden su salida de la Unión Europea, como la Gran Bretaña que celebrará un referéndum el próximo mes de junio.  

O como declaró Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV) en los Países Bajos, que se opuso a cualquier nuevo plan de ayuda a Grecia, a quien calificó como “adicto a Europa”, ya que es, según él, “incapaz de reducir sus gastos y mantener sus promesas “. 

Al final se puede decir que la ineficiencia de los partidos tradicionales para dar una respuesta a la crisis ha jugado un papel importante en el ascenso de la extrema derecha.

Por un lado, los partidos y manifestaciones abiertamente fascistas o neonazis como el Jobbik húngaro, el Amanecer Dorado griego, o el NPD alemán, que en las elecciones del 2013 atrajo a un 1,3 por ciento. 

Pero es el partido derechista Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán) el que dio un giró al panorama político al lograr el voto de un millón 300 mil personas, de las 13 millones que votaron en marzo pasado en las elecciones regionales en Alemania, lo que le sitúa como la tercera fuerza política del país, y ya desarrolla un proyecto de salida de la zona euro culpando a Europa de no ceder a las demandas monetarias alemanas.

Y entre todos estos extremos, se encuentran las derechas más bien clásicas, como el Frente Nacional francés, el FPÖ austríaco o la Liga del Norte italiana, que recogió el 13 por ciento de los votos en las últimas elecciones regionales de 2015. Con esta cifra, y con la crisis migratoria que atraviesa el país, el partido es la fuerza más importante de la derecha italiana.

Pero la crisis no es la única razón para el aumento de la extrema derecha en Europa. 

Inmigración: chivo expiatorio

A pesar de los horrores del nazismo y los desastres del fascismo, los partidos de ultraderecha no se erradicaron y hoy se dicen portadores de estas ideologías. 

Sin duda, el elemento unificador de esta nueva extrema derecha es la xenofobia, que se manifiesta como un rechazo violento hacia los inmigrantes. 

El racismo y la xenofobia son los residuos de esta herencia que sobrevivió a la destrucción de las condiciones que la generaron y que fue utilizada para excluir, y hasta a veces, con el placer de odiar a la diversidad.

El racismo y la xenofobia han sido principalmente un proceso de construcción simbólica del enemigo que sirve para reforzar la búsqueda de la identidad, el deseo de pertenecer y, sobre todo, la necesidad de seguridad y protección de una Nación que se siente “amenazada.”

Hoy se habla de “neopopulismo” como la nueva ultraderecha, por el declive de la tradición nazi y fascista del siglo pasado, y cuya ideología incluye nuevas mutaciones: el nacionalismo toma la forma de la “defensa de Occidente” amenazada por la globalización y el choque de civilizaciones.