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Presten atención a Venezuela

Rubén Navarrete

SAN DIEGO – Selma. Ciudad de México. Johannesburgo. Tiananmen. Teherán. Kiev. Caracas. 

Ya hemos visto esta película. Cuando la gente es suficientemente valiente para luchar por la libertad contra gobiernos represivos, cuya intención es mantener el poder, el proceso es generalmente confuso, y a menudo, sangriento. 

Mientras tratan de evitar cachiporrazos y balas, esperan ver una repercusión mundial de lo que les está pasando. Representan al vulnerable acosado por el poderoso, y esperan que otro aún más poderoso vaya a salvarlos. 


Mar 25, 2014
Lectura 5 min

SAN DIEGO – Selma. Ciudad de México. Johannesburgo. Tiananmen. Teherán. Kiev. Caracas. 

Ya hemos visto esta película. Cuando la gente es suficientemente valiente para luchar por la libertad contra gobiernos represivos, cuya intención es mantener el poder, el proceso es generalmente confuso, y a menudo, sangriento. 

Mientras tratan de evitar cachiporrazos y balas, esperan ver una repercusión mundial de lo que les está pasando. Representan al vulnerable acosado por el poderoso, y esperan que otro aún más poderoso vaya a salvarlos. 

En Venezuela, en las últimas semanas, la sangre ha manchado las calles de Caracas y de otras ciudades importantes. Comenzó con protestas estudiantiles masivas, el 12 de febrero, contra la “crisis” social y económica que asola al país: corrupción, altas tasas de criminalidad, inflación por los cielos, etc., bajo un Gobierno que consideran ilegítimo. El presidente venezolano, Nicolás Maduro, respondió con violencia, como si estuviera suprimiendo un intento de golpe a todo costo. 

El ex presidente Hugo Chávez era loco. Pero lo que está haciendo Maduro, utilizar soldados armados y matones de civil, en motocicletas, para golpear y matar gente, a fin de sofocar a la oposición y mantener el poder, es directamente criminal. 

Los caídos son jóvenes que parecen que apenas cuentan con la edad para pedir un trago en un bar. Los videos de YouTube muestran soldados que persiguen a manifestantes y les pegan hasta tirarlos al suelo. Estudiantes universitarios yacen en charcos de sangre, con sus cabezas machacadas. 

Eso es lo que pasa en la intersección del socialismo y el fascismo. Les dan asistencia médica gratis y después los mandan al hospital. 

¿Dónde está Sean Penn cuando lo necesitamos? El actor, que solía viajar a Caracas a visitar a su “amigo” el difunto presidente Chávez, parece haber desparecido. Se le debe de haber perdido el guión. Ahora que en su utopía están matando a gente, no tiene nada que decir. Pensándolo más, ¿dónde está el resto de Hollywood en esta crisis? 

Para los venezolanos, en este momento, la idea de que alguien los rescate parece una fantasía lejana. Antes de que lo liberen a uno, hay que obtener la atención de los liberadores. 

El país está ubicado en una parte del mundo, América Latina, que los jefes mediáticos de Nueva York y los políticos de Washington tradicionalmente han ignorado.

La exsecretaria de Estado, Condoleezza Rice, admitió que debería haber prestado más atención a la región. Yo echo la culpa a la geografía. Desde la perspectiva de la Costa Este, la “política exterior” generalmente significa Europa, Rusia y el Medio Oriente. No América Latina. 

Aún así, es una gran historia. Qué lastima que los medios dominantes estadounidenses hayan tardado en cubrirla. Irónicamente, los reporteros de periódicos y corresponsales de cadenas han sido más eficientes en mantener a los estadounidenses informados de lo que está sucediendo a muchos miles de millas de distancia, en Kiev, la capital ucraniana, que en vigilar los acontecimientos que se desarrollan mucho más cerca de casa, en Sudamérica. 

Además, se enmarca el malestar de diferente manera. Cuando la gente se levanta contra su gobierno en Ucrania, los medios hablan de una revolución y presentan esas historias bajo una luz positiva. Pero cuando ocurre en Venezuela, no es probable escuchar la palabra “revolución” y es probable escuchar hablar simplemente de disturbios. 

Se reduce a una crisis cerca de nosotros, que el presidente Obama no quiere enfrentar. Ya fue puesto a prueba antes, y falló. ¿Recuerdan las manifestaciones de la Revolución Verde en Irán, que se iniciaron en 2009? La tibia respuesta de Obama ante la represión y el derramamiento de sangre fortaleció al presidente Mahmoud Ahmadinejad e indicó a la comunidad mundial que Obama no está interesado en que Estados Unidos sea el vigilante del mundo, para no hablar de su salvador. 

Mientras Teddy Roosevelt aconsejaba hablar suavemente y llevar un gran mazo, y otros presidentes han gustado de hablar duro y utilizar las palancas diplomáticas, Obama prefiere permanecer en silencio. 

Eso no es suficiente. Estados Unidos está en el negocio de la libertad. Cuando la gente defiende la libertad, debemos defenderla con ellos. Y si eso significa exigir sanciones internacionales contra el gobierno de Maduro o imponer un embargo sobre un producto valioso, como el petróleo venezolano, que así sea. 

Perdónanos, Venezuela. Los estadounidenses llegamos tarde a esta crisis. Pero has captado nuestra atención. Y si el sentido común y la decencia predominan, te defenderemos. 

© 2014, The Washington Post Writers Group 


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