Mujeres republicanas y legisladoras se oponen al aborto pero ninguna sale en las imágenes ¿por qué?


No se puede negar lo mal que se ve el país después de elegir a un hombre que humilla a las mujeres en público y que ha sido acusado múltiples veces de acoso sexual

A medida que el movimiento de resistencia antiTrump encuentra su camino después de unos vertiginosos 14 días, es difícil no darse cuenta del papel que las mujeres están jugando en la ofensiva.

Debe ser irritante para el Presidente Trump, un hombre que ha sido tan abierto acerca de su desprecio por ellas, encontrarse con que hasta ahora el mayor golpe de desobediencia a su administración ha venido de un grupo de mujeres que parecen estar muy poco impresionadas por su presidencia, su discurso y sus órdenes ejecutivas.

La X se asocia con frecuencia al misterio y variabilidad de lo femenino. Del mismo modo, que la Y es un “él” y conserva las cualidades masculinas tradicionales: machista, activo, inteligente, astuto, dominante.

Para los opositores a la administración Trump, el hecho de que las mujeres encabecen la acción de limitar el poder de sus decretos es una señal de que el denominado “sexo débil” está en las primeras líneas de ésta novedosa resistencia.

Durante el último año, Hillary Clinton llevó las esperanzas del feminismo norteamericano sobre sus hombros. La derrota de Clinton en las elecciones presidenciales instantáneamente puso la causa feminista en crisis.

En 2005, Donald J. Trump dijo a Billy Bush de Access Hollywood, “agárralas por el coño. Puedes hacer cualquier cosa”. En 2016, Mr. Grab Them by The Pussy fue elegido presidente de los Estados Unidos.

No se puede negar que la victoria de Donald Trump fue un revés para los derechos de las mujeres. Y tampoco se puede negar lo mal que se ve el país después de haber elegido a un hombre que humilla a las mujeres en público y que duerme en la Casa Blanca habiendo sido acusado múltiples veces de acoso sexual y hostigamiento.

Un enemigo común

En su primera semana de gobierno firmó una orden ejecutiva cruel y claramente inconstitucional que impide la entrada de refugiados, migrantes e incluso titulares de greencards de siete países mayoritariamente musulmanes. Como resultado de esa orden, los inmigrantes han sido detenidos en aeropuertos estadounidenses, en algunos casos sin que se les permita ver a sus abogados.

En reacción a su decreto, una senadora estatal de California está pidiendo a la Casa Blanca que publique documentos relacionados con la situación migratoria de la Primera Dama, Melania Trump, como parte de una objeción más amplia a las políticas de inmigración del presidente.

Las posturas de Trump replantearon serias dudas sobre si Melania Trump “había venido al país a trabajar sin las visas de trabajo adecuadas”, pues la orden ejecutiva emitida por Trump la semana pasada pide que “cualquier inmigrante que haya cometido fraude sea deportado.” Empezando por su esposa, de comprobarse el fraude.

En un lapso de 12 horas, un total de cuatro juezas – y nada más un juez-, le hicieron frente al presidente dando marcha atrás a sus políticas. Esas cuatro mujeres no echaron abajo las órdenes ejecutivas debido a su género. Sino en defensa de los derechos humanos más fundamentales.

Pero parece muy conveniente, que justo dos semanas después de la Marcha de Mujeres en Washington, la lucha contra Trump sea tomada por legisladoras, abogadas y juristas, que además trabajan hombro a hombro con hombres.

En el Distrito Este de Nueva York, la Jueza Ann Donnelly emitió una suspensión temporal a nivel nacional, bloqueando al gobierno de remover a los inmigrantes que actualmente están siendo detenidos en los aeropuertos del país.

En el Distrito Este de Virginia, la jueza Leonie Brinkema emitió una orden de restricción temporal para que todos los residentes legales detenidos en el aeropuerto de Dulles tuvieran acceso a abogados y protegiendo a los peticionarios de asilo de ser detenidos.

En el Este del país, dos juezas federales de Boston, la jueza Allison Burroughs y la magistrada Judith Dein, también impusieron una orden de restricción de siete días contra la orden ejecutiva de Trump.

Luego está Sally Yates: la ex procuradora general de Estados Unidos que se negó a defender la controversial orden ejecutiva en la Corte, porque no estaba segura de su legalidad, y fue despedida por “traición”, pero convirtiéndose en heroína nacional y dejando a Trump como abiertamente hostil a la constitución. La sustitución de Yates como Fiscal General de EU, fue Dana Boente, un hombre.

Le llueven protestas

La marcha hizo muchas cosas notables, como por ejemplo, establecer una cultura de protesta y estableciendo un modelo decidido y exuberante para las decenas de manifestaciones espontáneas por venir, y que no han dejado de ocurrir desde entonces, muchas de las cuales también han sido pobladas y dirigidas por mujeres.

Pero el liderazgo de las mujeres se extiende más allá del renacimiento popular. Está surgiendo un rechazo frontal hacia Trump y un repudio hacia su régimen desde el seno de las instituciones que él preside: el Congreso, los tribunales, las alcaldías.

Las protestas en el aeropuerto que surgieron durante el primer fin de semana de su gobierno fueron espontáneas, potentes y, a su manera, alegres.

Desde el Aeropuerto John F. Kennedy, la demócrata Nydia Velázquez, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, quien protestaba ante las órdenes ejecutivas firmadas por Trump, señaló que estas eran vergonzosas y antiamericanas.

“Señor presidente, véanos: esto es América. Lo que usted ha hecho es vergonzoso. Es antiamericano. Y está creando mucha confusión. No solo entre las familias trabajadoras de América.”

Por supuesto, ha habido un empuje de protesta y rechazo entre los hombres también, y ha sobresalido el liderazgo robusto de cada grupo marginado que el presidente prometió brutalizar.

Pero hay algo poético – y muy satisfactorio– sobre el hecho de que los primeros golpes judiciales y legislativos al régimen de Trump hayan provenido de un grupo social cuyo poder subestima cruelmente.

¿Agenda anti-mujer?

En uno de sus primeros actos oficiales como presidente, Donald Trump dio a las mujeres un recordatorio visual muy eficaz de porqué la resistencia a su presidencia y administración es crucial.

Rodeado exclusivamente de hombres blancos bien trajeados, firmó tres órdenes ejecutivas; una de las cuales es comúnmente conocida como la “regla de mordaza global”. Esta impide que todas las ONG que trabajan en el extranjero y que realizan abortos o hablan de eso con sus clientes, reciban fondos federales para la planificación familiar.

No faltaron las fotos del día de la firma haciéndose virales en Twitter, con un comentario acertadísimo sobre lo absurdo de que un grupo de hombres sonriendo con satisfacción miren orgullosos a su presidente mientras éste determina lo que es mejor para los cuerpos y órganos sexuales de las mujeres, al mismo tiempo que les hace difícil a otras las mujeres en el extranjero el acceso a información muy importante sobre su salud reproductiva y a servicios de salud.

No es ninguna sorpresa que Trump haya firmado esa orden ejecutiva; revertirla o reinstalarla ya se ha convertido en una tradición para cada presidente demócrata y republicano, desde que Reagan instituyó la regla en 1984.

El problema con Trump es el cómo, son las formas. Cuando el presidente Obama revocó la regla en 2009, lo hizo en una declaración escrita y emitida después de las 7 de la noche de un viernes.

Trump optó por convertir la firma de esta orden ejecutiva en una oportunidad perfecta de fotografía para su Instagram con un mensaje muy claro acerca de quién es el hombre de la casa y el que lleva los pantalones en ese país.

Son muchas las mujeres republicanas y legisladoras las que se oponen al aborto, pero ninguna aparecen en las imágenes. ¿Por qué?

Mientras que la óptica puede causar indignación, la preocupación más urgente ahora mismo es el efecto negativo que este decreto tendrá en la vida de cientos de miles de mujeres.

Esta política dañina socava los valores democráticos norteamericanos de la libertad y claramente impone una agenda anti-mujer. Trump puede considerar su orden ejecutiva como una victoria para aquellos que se oponen al aborto, pero para los millones que marcharon durante el fin de semana, es sólo una razón más para seguir levantándose.

Y es que, el desdén del presidente hacia las mujeres se siente ligeramente más personal, que el que demuestra hacia otros grupos; claramente, el presidente de Estados Unidos ha pasado toda su vida tratándolas como muebles, agujeros sexuales, trofeos o basura. No sólo quiere restringir sus derechos constitucionales; él quiere poner las manos en sus vaginas y apretarlas.

Pero no se dio cuenta de que ellas también tienen el poder de apretar de vuelta, y ese golpe le hará daño.