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El ‘malsueño americano’

Jorge Mireles

Un gobierno paralizado, partidos políticos divididos, espionaje, tiroteos en lugares que suponían impenetrables, una intervención en el extranjero en puerta y una reforma migratoria que no llega. Al estadounidense le sobran razones para perder el sueño

El sueño americano está directamente ligado a las raíces culturales del estadounidense, su historia y a la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

Este consiste en alcanzar la libertad, el progreso y la felicidad a través del trabajo duro. La prosperidad y el bienestar, en teoría, deberían estar al alcance de todos.


Oct 6, 2013
Lectura 7 min

800 mil trabajadores federales se quedaron sin paga de manera temporal http://www.youtube.com/watch?v=t-oO8NT41ps

Un gobierno paralizado, partidos políticos divididos, espionaje, tiroteos en lugares que suponían impenetrables, una intervención en el extranjero en puerta y una reforma migratoria que no llega. Al estadounidense le sobran razones para perder el sueño

El sueño americano está directamente ligado a las raíces culturales del estadounidense, su historia y a la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

Este consiste en alcanzar la libertad, el progreso y la felicidad a través del trabajo duro. La prosperidad y el bienestar, en teoría, deberían estar al alcance de todos.

Pero, ¿cuáles son las preocupaciones más básicas que el ciudadano promedio desea resolver para alcanzar este “sueño”?

De acuerdo a una encuesta de la firma Gallup –en orden jerárquico de mayor a menor– estas son: la economía, el gasto y presupuesto federal, la posibilidad de cobertura médica, el tamaño y poder del gobierno federal, la violencia y la migración ilegal.

No obstante, ninguno de estos temas ha sido resuelto por la actual administración, la cual ha convertido este ideal más en una pesadilla.

En Estados Unidos existe la creencia de que los segundos términos presidenciales tienden a tener saldo negativo. 

Basta recordar los últimos años de mandato de Ronald Reagan –escándalo de Irán y los contras en Nicaragua–, Richard Nixon –escándalo Watergate–, y de George W. Bush –respuesta tardía por el Huracán Katrina y crisis de 2008–. ¿Estará viviendo el pueblo norteamericano los estragos de esta “second-term curse” (maldición del segundo periodo) de Barack Obama?

Ni programa de salud ni gobierno

Barack Obama impulsó la Ley de Sanidad Asequible (ACA, por sus siglas en inglés), la cual fue aprobada en 2010 y se convirtió en su proyecto insignia.

Popular y peyorativamente conocido como Obamacare, este programa pretende ampliar la cobertura sanitaria de 32 millones de estadounidenses que todavía no tienen seguro médico. 

La medida tiene puntos a favor y en contra que conciernen a los trabajadores, empleadores, aseguradoras y fabricantes de equipos médicos, lo que ha generado gran controversia.

Hasta el viernes pasado, el Obamacare mantuvo el gobierno paralizado: fue el principal punto de discrepancia entre partidarios y detractores del programa, lo que ocasionó el “apagón” gubernamental desde las primeras horas del martes 1 de octubre, fecha límite para aprobar el presupuesto federal en el Capitolio.

Conforme pasaron los días, las diferencias entre legisladores se hicieron más evidentes, al punto en que el líder de la bancada republicana en la Cámara de Representantes, John Boehner, dijo que Estados Unidos tenía un gobierno “dividido”.

En respuesta y de manera “exasperada”, el presidente Barack Obama –quien tuvo que cancelar su gira por Asia– llamó a Boehner a terminar con “esta farsa” y acabar con el cierre.

Muy lejos del Olimpo que supone ser el Capitolio y la Casa Blanca, miles de trabajadores federales –se estima que son 800 mil– fueron enviados a sus casas de manera temporal en una pausa obligada sin goce de sueldo. 

En resumen, el pueblo norteamericano se quedó sin gobierno ni acuerdo de salud, a pesar de que el Obamacare ya entró en funciones, hasta el 4 de octubre no contaba con fondos aprobados.

Una guerra que no acaba

Uno de los estandartes de Barack Obama en política internacional era retirar las tropas de Afganistán e Irak, y cerrar de manera definitiva el triste capítulo que supone ser la cárcel de Guantánamo.

Sus propuestas, todavía lejos de cristalizarse, le valieron –entre otras razones más– el premio Nobel de la Paz en 2009.

En el discurso que el mandatario dio en Oslo tras recibir uno de los galardones más grandes para una figura internacional, habló de un concepto en particular: la “guerra justa”.

Un conflicto bélico está excusado si es para “castigar” un acto malvado.

Después del ataque con armas químicas en Damasco, Siria, presuntamente perpetrado por fuerzas del régimen del presidente Bashar al Assad, creció la posibilidad de una intervención estadounidense.

A pesar de la negativa de la comunidad internacional y de la posibilidad, propuesta por Rusia y aceptada por el gobierno sirio, de destruir el armamento químico, Obama se mantiene firme: desea imponer un castigo a Al Assad.

De acuerdo a una encuesta de Gallup, el 24 por ciento de los estadounidenses piensan que la guerra en Siria no es de su incumbencia. El 19 considera que no necesitan involucrarse en otro conflicto bélico o que deben de dejar de ser la “policía del mundo”.

Balas en la bandera

La inseguridad en EU tiene un patrón muy definido que se puede apreciar en los niveles de violencia armada. 

En 2012, James Holmes entró a un cine de Aurora, Colorado y acribilló a decenas de personas. En diciembre de ese mismo año, Adam Lanza efectuó una de las peores masacres de la historia norteamericana: mató a 20 niños en la escuela primaria Sandy Hook, antes de suicidarse.

En esta ocasión, la vorágine de violencia llegó a las sedes que se creían inquebrantables.  El intercambio de balas ocurrido en los Astilleros Navales de Washington que dejó 12 muertos, al cual Obama catalogó como un “hecho cobarde”, fue el primer signo de inseguridad dentro de las mismas instalaciones del gobierno. 

Y el Capitolio no se quedó atrás. El jueves pasado, una mujer, que sufría de una depresión posparto y pensaba que el presidente Obama la acechaba, entró al perímetro del Congreso e hirió a varios agentes con su automóvil. Mientras se dirigía por la avenida que une al Capitolio con la Casa Blanca chocó contra una barricada, recibiendo varios disparos que posteriormente ocasionaron su fallecimiento. 

Si el gobierno debe proteger a los ciudadanos pero se está viendo debilitado, entonces ¿quién va a proteger a quién?

¿Tierra de los libres?

Ser ciudadano norteamericano implica vivir en aquello que conocen como “land of the free” (tierra de los libres), donde la democracia es la bandera que se ondea con más orgullo y la tranquilidad de poder expresarse sin ser juzgado es uno de los pilares. 

En los últimos meses, los estadounidenses pueden haberse sentido en tierras lejanas, pues los casos de espionaje no dejan de romper la tranquilidad en la nación.  

Desde la revelación de los WikiLeaks, el gobierno no ha dejado de crear decepción en la población, que ha dejado de confiar en las autoridades e incluso en la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés).

Según The Washington Post, el peor error fue la captación y almacenamiento del tráfico de datos, que significó infringir en la vida privada de los estadounidenses al registrar datos de las comunicaciones telefónicas y por Internet.

Muchos ciudadanos afirman que el gobierno está abusando de la Ley de Espionaje de 1917 y las promesas de transparencia del presidente Barack Obama se perdieron en el papeleo.


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