Pero me pregunto si en lugar de eso debería haber visitado sólo dos países : China y Japón. 

Ahí es donde se están desarrollando los avances más importantes y peligrosos en materia de relaciones internacionales. 

Las segundas economías más grandes del mundo se estuvieron peleando durante meses por el territorio, reviviendo feos recuerdos históricos y dejando claro que, en caso de una crisis, ninguna de las partes dará marcha atrás. 

El comercio entre los dos países se ha reducido sustancialmente. Un accidente, un error de cálculo o un imprevisto podría salirse fácilmente de control. 

Todo esto ocurre en el contexto de una China que está cambiando, tanto interna como externamente, y que carece de una relación profunda y estratégica con Estados Unidos. 

De hecho, la falta de progreso en las relaciones con China se presenta como el mayor vacío en la por lo general exitosa política exterior del presidente Obama.

Esto no ha sido por falta de esfuerzo. La administración de Obama llegó al poder determinada para hacer de Asia una prioridad, completada por sus vínculos con China. 

El gobierno quería comprometer a China como un socio de su nivel. 

En Japón, Vietnam y Singapur los gobiernos de Asia señalaron que les gustaría tener una mayor presencia estadounidense en la región, que les asegure que Asia no se iba a convertir en el patio trasero de China.

En el año 2011, el gobierno de Obama respondió con su “pivote” astuto, combinando medidas económicas, políticas y militares, diseñadas para señalar que Estados Unidos fortalecería su papel en Asia, equiparando cualquier hegemonía potencial de China.

Sin embargo, el resultado del pivote fue tensionar aún más las relaciones con Pekín. Actualmente, China y Estados Unidos mantienen mecanismos, tales como el diálogo estratégico y económico entre funcionarios de alto nivel, pero son formales y rituales.

No hay funcionarios estadounidenses y chinos que hayan desarrollado una confianza mutua verdaderamente profunda. 

Pekín considera que el pivote es una estrategia de contención y cree que el creciente nacionalismo japonés -tolerado por Washington – es responsable de la crisis en el Mar Oriental de China.

A consecuencia de razones internas, Japón parece estar entrando en su propia fase más asertiva. Pero el cambio más grande radica en Pekín. 

China se ha convertido en la potencia dominante de Asia. Al mismo tiempo, está atravesando no sólo problemas económicos, mientras la estrategia de crecimiento vertiginoso de las décadas anteriores se enfrenta a obstáculos, sino también una transición política compleja. 

Sectores del establishment chino, como el Ejército Popular de Liberación, han querido una posición más dura hacia Estados Unidos. 

Las revelaciones sobre chinos patrocinados por el gobierno tratando de piratear la defensa y los secretos empresariales de Estados Unidos encajan en este cuadro general de una China cada vez más fuerte y arrogante.

Quienquiera que sea el culpable, lo cierto es que el único camino duradero para la estabilidad de Asia es una fuerte relación entre Estados Unidos y China. 

Si bien los dos países no siempre van a estar de acuerdo, deben cultivar una relación profunda.

Cuando el secretario Kerry regrese de su viaje, debe comenzar a planificar el siguiente con destino a Asia.

(c) 2013, The Washington Post Writers Group