Se ha vuelto a hablar sobre el fracaso de la Primavera Árabe, e incluso ha habido un poco de nostalgia por el viejo orden.  

Pero los dictadores árabes como Hosni Mubarak no podrían haberse mantenido en el poder sin problemas todavía mayores; miremos a Siria.  

Los acontecimientos ocurridos los últimos dos años en el Medio Oriente ponen de relieve que las constituciones son tan vitales como las elecciones y que un buen liderazgo es crucial en estas transiciones.

Comparemos las diferencias entre Egipto y Jordania.  

Al comienzo de la Primavera Árabe, parecía que Egipto había respondido a la voluntad de su pueblo, había hecho una ruptura con su pasado tiránico y estaba marcando el comienzo de un nuevo nacimiento de la libertad.  

Jordania, por el contrario, respondió con algunos cambios de funcionarios, algunas promesas respecto al estudio de la situación y charlas sobre una reforma.

Pero después, Egipto empezó a ir por el camino equivocado, y Jordania tomó una serie de decisiones sabias.

En pocas palabras, Egipto eligió la democratización antes que la liberalización.  

Las elecciones se convirtieron en el elemento más importante del nuevo orden utilizado en la legitimación del nuevo gobierno, la elección de un presidente y ratificación de la nueva constitución.  

Como resultado de ello, la fuerza mejor organizada en Egipto, la Hermandad Musulmana, llegó al poder, a pesar de que, en la primera votación, sólo el 25 por ciento de los votantes eligió a su candidato presidencial, Mohamed Morsi.  

La Hermandad fue también capaz de dominar la redacción de la constitución.  

El documento tenía muchos defectos, entre ellos una incapacidad para proteger explícitamente los derechos de las mujeres -–sólo cuatro de los 85 miembros de la Asamblea Constituyente eran mujeres– y un lenguaje que parece consagrar el tradicional “carácter” de la familia egipcia.  

Algunas de sus disposiciones prohíben la blasfemia y el insulto y permiten la censura de los medios en nombre de la seguridad nacional.  

La Hermandad Musulmana ha utilizado todas estas formas de dar al gobierno poderes ilimitados.  

Durante los siete meses de presidencia de Morsi, los periodistas que lo insultaban fueron perseguidos en mayor medida que durante el reinado de casi 30 años de Mubarak.  

En noviembre, Morsi declaró que sus decretos presidenciales eran superiores a la revisión judicial.

En Jordania, por el contrario, el rey no se apresuró a celebrar elecciones (y fue muy criticado por su ritmo deliberado).  

En su lugar, nombró un consejo para proponer cambios a la constitución.  

Los miembros consultaron a muchas personas en Jordania y en el Occidente para determinar cómo hacer que el sistema político del país sea más democrático e inclusivo.  

En septiembre de 2011 se aprobaron una serie de cambios importantes.  

Transfirieron algunos de los poderes del rey al parlamento y establecieron una comisión independiente para administrar las elecciones y un tribunal para supervisar la constitucionalidad de la legislación.

Recientemente, la comisión tuvo su primera prueba.  

Las elecciones fueron boicoteadas por los Hermanos Musulmanes de Jordania sobre la base de que los cambios eran demasiado pequeños y que el poder aún residía en el rey.  

Pero el 70 por ciento de los votantes se registraron y el 56 por ciento acudió a votar a las urnas, lo cual constituye la mayor participación en la región. Se eligieron muchos críticos del gobierno, el 12 por ciento de los ganadores fueron candidatos de la oposición islamista.  

Gracias a una cuota que fijó la comisión, el 10 por ciento de los miembros del nuevo Parlamento son mujeres.  

El rey Abdullah II retiene la autoridad final, pero el nuevo sistema es claramente un paso en la transición hacia una monarquía constitucional.

Marruecos tomó la misma ruta que Jordania.  En 2011 promulgó las reformas constitucionales. La cabeza de este gobierno, Abdelilah Benkirane, a pesar de ser un crítico combativo del Occidente, también se ha pronunciado firmemente sobre la protección de los derechos de las minorías. 

Los dos mayores experimentos de democracia del mundo árabe, Irak y Egipto, tienen en común, por desgracia, las malas decisiones.  

Ambos colocaron las elecciones delante de las constituciones y la participación popular por delante de los derechos individuales.  

Ambos tuvieron como primeros líderes electos hombres fuertes con antecedentes islámicos que no tienen una verdadera dedicación a la democracia liberal.  

Los resultados fueron el establecimiento de una “democracia intolerante “ en Irak y el peligro de algo similar en Egipto.

Los mejores modelos para la región bien podrían ser dos monarquías pequeñas: Jordania y Marruecos que eligieron la evolución antes que la revolución.  Hasta el momento, parece ser el mejor camino.

© 2013, The Washington Post Writers Group