El carácter regresivo de la reforma fiscal propuesta por la administración de Donald Trump tiene implicaciones severas que trascienden sus efectos macroeconómicos de largo plazo: una ampliación de la deuda pública de hasta 4 billones de dólares y un incremento sustancial en el déficit fiscal.

El recorte de la tasa de impuesto corporativo de 35 por ciento a 20 por ciento, la eliminación del impuesto a la herencia y la reducción del impuesto a las ganancias de capital prometen exacerbar la creciente brecha de desigualdad de riqueza y de ingreso entre el 1 por ciento más rico de la población y el trabajador estadounidense promedio.

En gran medida, la administración de Trump se refiere a sí misma como un gobierno populista que representa los intereses de una clase trabajadora que ha sido profundamente afectada por la globalización, la automatización, el libre comercio, la migración y la consolidación de mercados.

Sin embargo, la iniciativa fiscal que será discutida próximamente por el Congreso, aunada a los intentos fallidos para desmantelar el sistema de seguridad social conocido como Obamacare, demuestran que la administración de Trump ha promovido una agenda afín a los intereses de la élite económica estadounidense.

El consenso de analistas sugiere que la fachada populista de este gobierno es en gran medida una consecuencia política de la crisis financiera de 2008 y de la tendencia de creciente desigualdad que empezó a tomar forma hace más de tres décadas.

Paradójicamente, la reforma fiscal de Trump, que podría convertirse en su primer pieza legislativa sustantiva en ser aprobada, desatiende los reclamos de la clase media y media-baja que lo llevaron al poder. Con la finalidad de preservar un poco el sentido de responsabilidad fiscal, la pérdida de ingresos tributarios derivada de los recortes de impuestos pretende ser compensada con la eliminación de deducciones que han beneficiado a la clase media por décadas.

En ese sentido, la dinámica económica de largo plazo que legará esta reforma fiscal alimentará la profecía de Steve Bannon, el exestratega en jefe de la Casa Blanca y líder de la derecha radical en Estados Unidos, de que la siguiente elección será una disyuntiva entre un populismo de izquierda y un populismo de derecha.


En América Latina, la experiencia populista ha terminado invariablemente en una debacle económica. El peligro es si esto se replica en Estados Unidos

El efecto de la reforma: mayor riesgo político

Un ambiente político marcado por la polarización podría significar la llegada de un gobierno aún más radical, proteccionista y aislacionista que el de Donald Trump.

Christopher Smart, un miembro del Centro Carnegie para la Paz Internacional y exfuncionario del Departamento del Tesoro durante la presidencia de Barack Obama, argumentó recientemente que el mayor riesgo para una economía que se acerca al final de su ciclo de expansión es la erosión gradual de las instituciones y el hecho de que los actores centrales del gobierno se vuelven cada vez más impredecibles.

Esto es justamente lo que ha sucedido durante esta administración. La salida de Estados Unidos del TPP, el cuestionamiento al FMI y a la OMC, la renegociación del TLCAN y la renuncia a acuerdos multilaterales como el pacto climático de París son ejemplos significativos que avalan esta percepción.

La reforma fiscal del presidente Trump promete exacerbar esta coyuntura. En América Latina, la experiencia populista ha terminado invariablemente en una debacle económica. El peligro es que la replicación de este fenómeno en Estados Unidos, la mayor economía del planeta, tendría efectos sistémicos cuyas consecuencias aún son desconocidas.


“El plan de los republicanos está diseñado para transferir la mayor parte de los beneficios a los ricos”

Nouriel Roubini

Director general de Roubini Macro Associates, exasesor económico del presidente Clinton