Aunque la pandemia por COVID-19 empieza a disminuir en el país sus efectos continúan afectando, como el trabajo infantil.

Todos los días, sin excepción de los fines de semana, Ariadna de 12 años se levanta a las cuatro de la mañana para, junto con sus papás, acudir a la Central de Abastos y surtir los dos puestos de frutas y verduras que tiene su familia en un mercado de la alcaldía Gustavo A. Madero. Uno de los puestos lo atiende su papá y en el otro permanecen su mamá, ella y su hermana de 5 años hasta las cuatro de la tarde.

Aunque en 2020, Ariadna cursaba sexto de primaria, tanto su mamá como su papá no pudieron seguir la pista de las clases en línea que la pequeña originaria de Tula, Hidalgo, tomaba desde un celular Android, así que decidieron darla de baja de la escuela y apuntarse hasta el ciclo escolar en el que ya tuviera clases presenciales. Finalmente Ariadna aprende matemáticas con las cuentas que le hacen a los clientes del puesto, dice su mamá.

1.57
millones de niñas, niños y adolescentes se han integrado a las filas del trabajo infantil desde que inició la pandemia por COVID-19, de acuerdo con calculos de Redim

Cálculos elaborados por la Red de los Derechos de la Infancia (Redim) apuntan que en el país hay aproximadamente 1.57 millones de niñas, niños y adolescentes que, como Ariadna, se han integrado a las filas del trabajo infantil desde que inició la pandemia por COVID-19.

Además de hacer las cuentas de los “marchantes”, Ariadna tiene que limpiar y acomodar la mercancía del local, vigilarlo y apoyar a su mamá en el cuidado de su hermanita quien no ha cursado el preescolar. No se trata de falta de interés porque las pequeñas asistan a la escuela, afirma su mamá, sino la imposibilidad de apoyar a su hija con educación a distancia, adquirir el equipo tecnológico para tomar las clases y al mismo tiempo atender el negocio.

En ese sentido y tomando en cuenta que por cada punto de pobreza adulta, el trabajo infantil aumenta 0.7 por ciento se calcula que hay 5.77 millones de niños, niñas y adolescentes que trabajan actualmente en el país, si se suman con los que ya estaban reportados en esta situacion de acuerdo con los datos del INEGI en 2017.

El Fondo de las Naciones Unidas para la infancia (UNICEF) advierte que el trabajo infantil puede tener consecuencias negativas para niños, niñas y adolescentes al interferir en su educación y en salud mental y física, la cual puede llegar a afectar su productividad en la vida adulta.

En el mismo mercado en el que Aridna trabaja junto con su familia todos los días, Edwin de 14 años trabaja de mesero en el local de venta de barbacoa los fines de semana propiedad de su abuela. Por trabajar desde las seis de la mañana, hora en la que abren el local, hasta las tres de la tarde, el menor recibe 150 pesos más las propinas que se reparten entre él y los otros cinco meseros.

“Sí voy a la escuela de lunes a viernes pero a veces me aburro, no me gusta tanto ir, yo quisiera venir todos los días acá con mi abuelita y trabajar siempre para ganar más dinero”
Edwin14 años

Redim advierte que estos niños, niñas y adolescentes podrían estar expuestos a explotación, trata de personas y trabajo forzado si no se adoptan acciones puntuales y focalizadas para los grupos poblacionales con mayor vulnerabilidad.

Inseguridad alimentaria y trabajo infantil

Además de que los niños, niñas y adolescentes se han tenido que integrar a las labores, los hogares a los que pertenecen reportan las consecuencias más negativas de la pandemia por COVID-19 como la disminución de sus ingresos, pérdida de puestos de trabajo, hasta los niveles de seguridad alimentaria.

En octubre de 2021 se reportaba que 59 por ciento de los hogares con niñas, niños y adolescentes tuvieron una reducción en sus ingresos, un porcentaje superior al 45 por ciento reportado en donde no hay menores, así como al 53 por ciento nacional, de acuerdo con la Encuesta sobre los Efectos del COVID-19 en el Bienestar de los Hogares con Niñas, Niños y Adolescentes en la Ciudad de México (ENCOVID-19), elaborada por la UNICEF y el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (EQUIDE) el año pasado.

También los hogares con estos integrantes han presentado sistemáticamente menores niveles de seguridad alimentaria, de acuerdo con la encuesta en octubre de este año eran 21 por ciento de estas familias con seguridad alimentaria, frente al 41 por ciento sin población de cero a 17 años.

La UNICEF dice que un programa enfocado en menores de edad, debería garantizar que todos los niños estén sanos y bien alimentados, proporcionarles agua, saneamiento e higiene, facilitar su aprendizaje y ayudar a las familias a cubrir sus necesidades y el cuidado de sus hijos, entre otros puntos.

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