¿Qué nos detiene?

Para pocos es noticia nueva que los datos de crecimiento económico han decepcionado últimamente.

De acuerdo con las estimaciones del INEGI reveladas en mayo, el PIB creció tan solo 0.8 por ciento en el primer trimestre del año a tasa anual.

En ese entonces se decía que el culpable de la decepción mexicana era el “efecto calendario”, es decir, que Semana Santa sesgó los datos por llegar muy temprano, en marzo, a diferencia de abril, como el año previo.

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La caída en las exportaciones manufactureras y en el valor de la minería han sido de los principales culpables de la decepción mexicana de principios de este año
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Para pocos es noticia nueva que los datos de crecimiento económico han decepcionado últimamente.

De acuerdo con las estimaciones del INEGI reveladas en mayo, el PIB creció tan solo 0.8 por ciento en el primer trimestre del año a tasa anual.

En ese entonces se decía que el culpable de la decepción mexicana era el “efecto calendario”, es decir, que Semana Santa sesgó los datos por llegar muy temprano, en marzo, a diferencia de abril, como el año previo.

Pero la diferencia contra las estimaciones, algunas de las cuales ubicaban el dato en 3.2 por ciento y que ya consideraban el efecto, así como los datos posteriores que han relucido, tampoco son muy halagadores.

La producción industrial continúa con una tendencia a la baja, registrando tasas más bajas de lo estimado desde hace ya unos meses. La última medición para abril, de 3.3 por ciento de crecimiento a tasa anual, también fue menor a las estimaciones de inclusive los más conservadores. 

Y por si fuera poco, el Gobierno Federal ha estado cerrando celosamente la cartera. En el primer trimestre del año, los gastos registrados por la administración de Enrique Peña Nieto fueron casi un 11 por ciento menos que en el mismo periodo del útimo año de gobierno del panista Felipe Calderón.

De hecho, la actual administración ha gastado 2.3 por ciento menos en términos reales que el promedio en los mismos meses en los últimos tres años de Calderón. 

Si se considera la comparación con respecto al trimestre previo, la caída fue de casi 20 por ciento. Sin embargo, esto puede ser explicado en gran parte por los gastos típicos de la época, como los aguinaldos. 

En medio de todo el mar de números hay quienes han unido ambos sucesos, un mal comienzo de año y un gobierno austero, para asegurar que el gobierno está actuando como un freno al crecimiento. 

¿Qué tanto es cierto que desde Los Pinos se puede “ordenar” una desaceleración? ¿Para que fines convendría hacerlo?

Chico, pero influyente

En el primer sentido, luce relativamente difícil que el gobierno tenga mucho qué hacer en cuánto a desaceleración se refiere.

Para una economía relativamente grande como la mexicana, el gobierno tiene menos inherencia económica de lo que muchos quisieran aceptar porque la estructura de la producción se parece a una típica economía moderna: los servicios explican casi todo el PIB.

De acuerdo con datos del INEGI, solamente el 4 por ciento del PIB se compone por “actividades de gobierno”, mientras que el comercio concentra aproximadamente el 16 por ciento y la minería cerca de un 10 por ciento. 

El sector construcción también aporta más al PIB nacional que las actividades de los burócratas, con un 6 por ciento aproximadamente. 

Es decir, para explicar la diferencia entre el crecimiento del PIB del 2012 en el primer trimestre, y lo reportado en el mismo periodo del 2013, el rubro de servicios de gobierno necesariamente tuvo que haberse reducido en al menos la mitad, según estimaciones propias. 

También es cierto que la historia no acaba ahí. El rubro catalogado como servicios de gobierno en las cuentas nacionales por el INEGI difícilmente contabiliza toda la gama de actividades que el gobierno contrata y que entran en otros rubros, como los servicios y el comercio.

Las leyes y reformas aprobadas, producto de un gobierno que hace bien su trabajo, también generan un beneficio al crecimiento que no se contabiliza en las cuentas nacionales explícitamente. 

Pero una reducción en el gasto no puede explicar del todo la desaceleración reciente en la economía. 

Por ejemplo en el 2007, el gasto del gobierno federal se contrajo 6.5 por ciento, pero el PIB registró en ese entonces una tasa de crecimiento de 2.6 por ciento en términos anuales, un número lejos de estelar, pero no tan preocupante como el registrado este año. 

Más bien, la caída en las exportaciones manufactureras y en el valor de la minería, rubros que tienen un peso mucho mayor en el cálculo del PIB, han sido los principales culpables de la decepción mexicana de principios del 2013.

Tres de las últimas cinco tasas de crecimiento de la industria manufacturera y las últimas tres consecutivas de la minería, han sido negativas. La construcción también ha mostrado debilidad, creciendo solo en dos de los últimos seis meses. 

Más aún, los acontecimientos en todo el mundo reflejan las mismas tendencias. Un reporte del Banco Mundial dado a conocer ayer señala que el crecimiento de la mayoría de las economías en el mundo durante este año y hasta el 2015, será menos volátil, pero más lento. 

Para las economías en América Latina, el banco hace hincapié en que el deterioro de los precios de las materias primas y de la demanda en países avanzados, son los principales factores que frenarán al crecimiento en el futuro próximo.

Pero si bien puede resultar difícil ordenar un freno a la economía, desde el punto de vista político, una reducción en el gasto y el subsecuente ligero freno a la economía tiene una utilidad singular.

Reforma: 
¿La única salida?

La urgencia que merece “atender” el problema de crecimiento del país inyecta vitalidad a cualquier plática sobre las posibles reformas incluidas en el Pacto por México. 

Economistas en instituciones financieras como Morgan Stanley opinan que algunas revisiones a la baja en los prospectos de crecimiento pueden inducir el tipo de presión necesaria para pasar una reforma con tantos alcances como la fiscal. 

Es decir, con una economía creciendo a pasos más lentos, el gobierno tendrá más armas para negociar en una eventual reforma fiscal. 

Bajo este esquema de negociación, se puede esperar que la condición para hacer volver a fluir el dinero y al menos quitar un obstáculo más en el camino al crecimiento, sea la aprobación de una reforma fiscal que recaude más y que elimine diversas exenciones fiscales. 

Existen todavía pocos indicios oficiales de la postura en la reforma fiscal, pero la mayoría de los expertos opina que al menos tendrá como meta recaudar mucho más de los trabajadores mexicanos.

A nadie le gustará aprobar más impuestos, pero si es una condición para retirar un lastre al débil crecimiento, producto de la situación económica mundial, al menos los detractores lo verán con mejores ojos. 

 

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