“La tecnología nos desplazó”

Ernesto Cisneros

Maestro impresor

Crecieron en medio de oficios heredados por sus abuelos y padres. Hoy, el poco interés de las nuevas generaciones en continuar con su legado ha hecho que Miguel Rojas, Jorge Montoya, Ernesto Cisneros y Federico Rojas libren una batalla contra el olvido.

No son los únicos, pero, sí son algunos de los cientos de nombres que todos los días se pueden encontrar en las calles de la Ciudad de México.

Ellos son parte de los más de 30 millones de mexicanos que trabajan en la informalidad y que no cuentan con acceso a seguridad social ni prestaciones de ley, de acuerdo con la última Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi.

Durante décadas han llevado las riendas de negocios que hoy se rehúsan a morir en una sociedad cada vez más inmersa en la tecnología, la inmediatez y la segmentación en su consumo.

Sus pequeños locales han logrado sobrevivir el avance del tiempo en una metrópoli que no les ha dado tregua y amenaza con extinguirlos cada vez más.

Sin embargo, se han adaptado a los constantes cambios y nada les hará cambiar de parecer. Ellos son los últimos defensores del oficio.

La excelencia del traje hecho a la medida

Armar, desbaratar y volver a coser hasta obtener la caída del saco deseado y el largo perfecto del pantalón: ese el trabajo de un sastre al diseñar un traje hecho a la medida.

Así lo cuenta Miguel, maestro de la cinta métrica, los hilos y la máquina de coser, quien con más de 40 años en el negocio de la sastrería ha visto el declive de su forma de vida, debido, en parte, a la entrada de la producción en serie de trajes y al fast fashion que ha economizado el traje y lo ha vuelto hasta cierto punto desechable.

“Ya pasó el auge del buen vestir. Antes todo mundo quería andar con elegancia con un traje hecho en expreso para ellos, lo que lo hacía único, sin embargo, ahora ya no sucede esto”, platica Miguel Rojas quien viste una simple playera blanca con su eterna cinta métrica alrededor de su cuello.

Un traje hecho a mano y con las medidas exactas del comprador ronda los 2 mil pesos, esto si el interesado lleva su propia tela. No obstante, este precio se incrementa si Don Miguel, (como lo llaman sus clientes) compra la tela y, por supuesto, la calidad de ésta, lo que eleva el costo hasta los 3 mil pesos.

Para Don Miguel, el cambio de la tendencia inició a partir de la década de los 80 cuando las personas optaron por comprar trajes bajo el sistema de las tallas.

“Por cuestión de economía y rapidez, los clientes prefieren ir a comprar un traje a la tienda. El producto que se compra en las nuevas cadenas de ropa que han llegado al país no tiene la calidad suficiente y muchas veces la entretela del pecho se encuentra pegada”, explica Rojas al tiempo de que saluda a cada uno de los vecinos que pasan por la banqueta y que se reflejan a través de su aparador de vidrio.

Para Don Miguel el trabajo es variable, ya que no existe una media del número de clientes que recibe a la semana, aunque reconoce que hay algo que le preocupa más: la supervivencia de su oficio.

“Yo aprendí de la mano de un maestro sastre. Gracias a él sé de este oficio con el que me he ganado la vida durante las últimas décadas. He tenido aprendices, pero, a los jóvenes ya no les interesa esta profesión, ya nadie quiere aprender sastrería por lo que el maestro que muere ya no tiene otro detrás de él para sustituirlo”.

El relojero que camina a su propio tiempo

Jorge no vive en ningún lugar más que en el presente. Esto lo ha aprendido durante sus 55 años de ser maestro relojero y joyero en el Centro de la Ciudad de México.

Su profesión es especialmente difícil, sobre todo, en tiempos en que la inseguridad hace imposible portar un buen reloj o una alhaja ostentosa por la capital del país.

Aún así, el negocio se mantiene a flote por los constantes trabajos de reparación y de cambio de pilas para los objetos que dictan el correr del tiempo.

“Te puedo decir que yo sí soy un relojero de profesión porque cursé la carrera técnica de relojero en la escuela que se ubicaba cerca de Ejército Nacional, la cual ahora ya no existe. Por ese título fue como logré entrar a empresas como Citizen y Movado para trabajar como reparador de sus productos”, comenta Jorge Montoya, mientras una sonrisa de orgullo se dibuja en su rostro.

El maestro relojero siempre ha seguido la filosofía de que el tiempo no es lo que importa, sino lo que se hace con él. El siguiente paso fue convertirse en su propio jefe al buscar su independencia y conseguir a sus primeros empleados.


“Fue por mi interés de deslindarme de esas compañías, sumado a que ya tenía la suficiente experiencia lo que me hizo sentirme capaz de poner mi propio negocio y desde 1984 me encuentro en este local dentro del edifico Centro del Reloj en la calle de Palma. La ubicación me ha permitido mantener mis ventas con cierta confianza, pero, si comparamos esta época con otras, sí vemos un claro descenso”

Jorge Montoya,

maestro relojero y joyero

Respecto al tema de la inseguridad, explica que hoy las personas piensan más si usar anillos o relojes, además de que la popularidad del celular hace que sea más raro el uso de algo en la muñeca.

“El mercado de las reparaciones continúa porque las personas ven en la compra de estos artículos una inversión y como tal la cuidan. Esto nos ha ayudado a mantener el negocio, pues, a la semana tenemos unos 35 a 45 clientes”, dice con tono optimista.

A Jorge, quien considera su oficio el más noble por darle un nivel de vida decente, no le gusta pensar en el futuro, ya que como todo reloj, sólo se guía por el tic tac del ahora.

 

Hombres de Palabra

El impresor que se niega al retiro

Son las 8 de la mañana. Don Ernesto comienza su rutina barriendo los alrededores del negocio que lo ha empleado durante más de 40 años.

El lento movimiento de sus manos evidencia el cansancio de una vida llena de trabajo, pero, su rostro sonriente parece jugarle una broma al destino que lo ha obligado a ubicar su pequeño local construido a base de madera y metal en la calle Leandro Valle, en la Plaza de Santo Domingo, cerca del Zócalo.

La lluvia pasó una noche antes. Don Ernesto lo sabe. Debe esmerarse más en barrer los charcos que se formaron, pues, dice, eso “asusta a los clientes”. Cada mañana las campanadas de la iglesia acompañan el paso del impresor que comenzó su historia en el oficio cuando cumplió los 21 años y compró su primer negocio a un amigo por la cantidad de 50 mil pesos en abonos.

“Tuve que aprender este oficio para subsistir. No tenía dinero ni para comer”, dice Ernesto Cisneros.

Con el paso de los años, los clientes del impresor comenzaron a escasear. La razón principal fue que la muerte los alcanzó, la segunda, y la más dolorosa para Don Ernesto, fue el olvido.

“Con la llegada de las computadoras los hijos de los clientes que teníamos dejaron de venir. Vieron que era más fácil hacer sus invitaciones de esa forma y un día ya no nos visitaron. Lo malo es que no se dan cuenta de que la calidad no es la misma”, comenta el impresor mientras le da un sorbo a su taza de café.

Cada día se ha vuelto una lucha interminable para el maestro impresor de 70 años. La lejanía con el resto de los locales ubicados en el primer cuadro de la Plaza de Santo Domingo dificulta aún más la labor por la que cobra 150 pesos por trabajo, cuando llega a “caer”.

Don Ernesto recuerda la época dorada de su profesión. “Hubo un tiempo, hace muchos años, en que tuve que contratar hasta 10 trabajadores porque no nos dábamos abasto para hacer todos los encargos que nos pedían los clientes”, menciona.

Las impresiones más solicitadas eran las invitaciones de boda, XV años, bautizos, notas de remisión y recordatorios funerarios.

La mejor temporada era las fiestas decembrinas, pues, en ese periodo tenían una demanda de hasta 500 mil órdenes de tarjetas navideñas. Hoy, los encargos apenas llegan a uno, con suerte dos a la semana.

El propietario de El Padrino II es consciente de que su pequeña imprenta ya no le puede dar batalla a la tecnología y aunque en ocasiones “el hambre pega más”, el maestro impresor de 70 años se niega a retirarse.

“No me voy a ir de aquí. La única manera en la que me van a sacar es con los pies por delante. Lo único que lamento es no tener más tiempo para poder enseñarle del oficio a alguien más y que continúe con el negocio. La tecnología me alcanzó. La tecnología nos desplazó”.

El barbero que no suelta la navaja

Don Fede, como se le conoce, lleva 41 años cortando el pelo y el bigote de todos los que viven por el rumbo de la colonia Magdalena de las Salinas, al norte de la Ciudad de México.

Aún conserva las sillas tradicionales que todo barbero debe utilizar, aquellas reclinables con asientos de cuero y con el apartado para afilar la navaja.

La supervivencia del negocio, que lleva el nombre de ‘Mariana’, ha quedado comprometido por la competencia desleal que ha surgido con la llegada de un sinfín de estéticas a la zona, que con el paso del tiempo han canibalizado la clientela de Don Fede.


“Con la popularización de las estéticas de belleza, han afectado a las peluquerías y barberías tradicionales, aunque las primeras no tengan sentido del cuidado personal, o de un conocimiento más amplio del pelo”

Federico Rojas,

maestro barbero y peluquero

El maestro barbero detalla que el precio también es un factor, ya que no es lo mismo cortar el pelo con un máquina eléctrica que con tijera, haciéndolo este último método más costoso.

En una estética, el precio promedio es de 50 pesos para el corte de hombre, mientras que en el establecimiento de Don Fede es de 70, lo que reduce el número de clientes. Pero, no la calidad.

“Nuestras ventas han disminuido, principalmente, por la poca afluencia de niños. Sus padres siguen viniendo conmigo, pero, prefieren que sus hijos vayan a cortarse el pelo en las estéticas donde les resulta más económico aunque les dejen disparejo el peinado”, comenta.

Don Fede ha sido referencia de un buen corte y de un servicio completo para los vecinos de la colonia, ya que además de cortar el pelo, también se convierte en un confidente de sus clientes.

En 1977, el propietario de ‘Mariana’ nunca se imaginó que sería el consejero de muchas personas cuando vio la oportunidad de forjar su futuro en la peluquería de uno de sus familiares. Su destino estaba firmado.

“Estudié un año para este oficio y de inmediato comencé a trabajar, por lo que le tengo un enorme respeto y amor a mi profesión. He logrado conocer grandes personas a lo largo del tiempo y eso es una satisfacción que pocas personas pueden encontrar en la forma en que se ganan la vida”.