Un estudio del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo concluye que los empleos creados por unos Juegos Olímpicos son temporales y en su mayoría ocupados por trabajadores que ya tienen empleo


Los políticos son iguales en todas partes, prometen hacer puentes hasta donde no hay ríos.” 

Nikita Khrushchev

Estadista soviético

Cuando un país busca ser sede de unos Juegos Olímpicos, las promesas de desarrollo económico son citadas como argumentos centrales para justificar el gasto necesario de miles de millones de dólares para la creación de infraestructura y la operación de la logística que un evento de esta naturaleza requiere.

Sin embargo, el consenso de economistas y académicos es que la organización de los Juegos Olímpicos no incide positivamente en la actividad económica de un país en el largo plazo.  En cambio, el déficit fiscal que se deriva de este tipo de eventos, así como el costo de “elefantes blancos” de infraestructura se convierten en cargas para los contribuyentes.

Organizar los Juegos Olímpicos no es una actividad sostenible por sí misma.  El último evento rentable, incluyendo los juegos de invierno y los juegos de verano, fue Los Ángeles 1984.

El Consejo de Relaciones Internacionales (CFR por sus siglas en inglés), centro de investigación, estima que el costo total de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 será de 20 mil millones de dólares, los segundos más costosos de la historia, únicamente detrás de Beijing 2008.

En un momento en el que Brasil atraviesa una crisis política y su economía enfrenta la peor recesión desde la década de los treinta, se pone de relieve el debate en torno a los beneficios económicos que se desprenden de la organización de unos Juegos Olímpicos.

Al respecto, un reporte reciente del CFR refiere que “un creciente número de economistas argumenta que, tanto para el corto plazo como para el largo plazo, los beneficios de ser sede de los Juegos Olímpicos son, en el mejor de los casos, exagerados y, en el peor de los casos, inexistentes; dejando a los países sede con onerosas deudas y costos de mantenimiento”.

Emergentes en desventaja

Desde 1960, todos los eventos olímpicos han excedido su presupuesto original. Río de Janeiro 2016 no iba a ser la excepción. Se calcula que el déficit de esta edición será de al menos seis mil millones de dólares, un exceso de 42 por ciento en relación a la estimación presupuestal original.

A pesar de que la puja por la organización de los Juegos Olímpicos de 2016 se realizó en los años de bonanza de la economía de Brasil, los organizadores tenían una idea relativamente clara de los costos que implicaría que un país emergente fuera sede del evento.

Una investigación de los economistas Robert Baade y Victor Matheson explica que la fuerte competencia entre las diferentes ciudades para ganar el concurso del Comité Olímpico Internacional y convertirse en sedes no obedece a un análisis económico tradicional en el que las ganancias potenciales superan los costos. En cambio, se argumenta que esto obedece a una lógica política en la que las naciones emergentes buscan publicitar su éxito reciente. Tokio 1964, Múnich 1972, Beijing 2008 y Río de Janeiro 2016 son ejemplos que soportan esta tesis.

El problema reside en que, a diferencia de los países desarrollados que ya cuentan con una base de infraestructura, los países emergentes deben empezar desde cero. Los costos totales de Beijing 2008 fueron de alrededor de 45 mil millones de dólares, de los cuales el 50 por ciento se destinó a la construcción de caminos, puentes y aeropuertos.

De igual forma, los juegos de invierno de Sochi 2014, en Rusia, tuvieron un costo de más de 51 mil millones de dólares, de los cuales el 85 por ciento se deriva de construcción de infraestructura no deportiva.

La candidatura también cuesta

Además, ser el país sede no sólo implica incurrir en un déficit que resulta prácticamente ineludible. El CFR estima que las delegaciones que buscan la candidatura para organizar los Juegos Olímpicos deben gastar entre 50 millones de dólares y 100 millones de dólares en viajes, eventos de relaciones públicas, consultores, etc.

Tokio gastó 150 millones de dólares en su candidatura fallida para el 2016 e incurrió en un gasto adicional de 50 millones de dólares para obtener la sede de los Juegos Olímpicos en 2020.

El cambio de discurso de Boston, que recientemente abandonó su candidatura para ser la sede en 2024, pone de manifiesto la magnitud del costo de organizar un evento que tendrá un impacto económico limitado.

Uno de los empresarios que formaba parte de la delegación de la candidatura afirmó: “Los Juegos Olímpicos de Boston podrían catalizar y acelerar el desarrollo económico y la infraestructura necesaria para asegurarnos que Massachusetts pueda competir globalmente”.

Meses después, las declaraciones del alcalde de Boston fueron contrastantes: “Nos rehusamos a hipotecar el futuro de nuestra ciudad”. Éstas no eran palabras vacías.

Tras la celebración de los Juegos Olímpicos en Montreal en 1972, la ciudad incurrió en un déficit de 2.6 mil millones de dólares, en gran medida por la construcción de un nuevo estadio que tardó treinta años en pagarse.

Asimismo, Atenas 2004 es considerada como uno de los gastos improductivos que detonaron la crisis de deuda griega que ha tenido que ser tratada con tres rescates financieros de las autoridades europeas y el Fondo Monetario Internacional.

Phillip Porter, economista de la Universidad del Sur de Florida, dijo al diario New York Times: “Al final, de todas las veces que lo hemos analizado, no hemos encontrado un cambio real en la actividad económica. Es como una boda, no te hará rico, pero puede hacerte muy feliz.”

El poder de la televisión

Cerca de la mitad de los ingresos de los Juegos Olímpicos provienen de la venta de derechos televisivos. Sin embargo, el Comité Olímpico Internacional se queda con casi el 50 por ciento de estos beneficios.

Déficit crónico

Desde 1960, el costo de todos los Juegos Olímpicos ha excedido al presupuesto original. La tendencia es más evidente en los países emergentes debido a que cuentan con una base de infraestructura menos completa.