A favor de la bici

Leo noticias en una cafetería de la calle Yonge –la arteria vial canadiense más larga del mundo- y me entero que San Pedro Garza García, el municipio de Nuevo León más rico de México, construirá más de 90 kilómetros de carriles para bicicletas. No cabe duda que en mi país andar en bicicleta es un lujo… o un acto suicida.

Leo noticias en una cafetería de la calle Yonge –la arteria vial canadiense más larga del mundo- y me entero que San Pedro Garza García, el municipio de Nuevo León más rico de México, construirá más de 90 kilómetros de carriles para bicicletas. No cabe duda que en mi país andar en bicicleta es un lujo… o un acto suicida.

Alguna vez Rob Ford, el alcalde de Toronto, ciudad que podría considerarse bicicletera, pensó en traer más agencias de coches a la ciudad para aumentar las derramas económicas, y desarrolló un plan que consistía en ampliar calles y desaparecer líneas del tranvía para facilitar la movilidad del nuevo parque vehicular. 

La medida fue tan impopular que no se llevó a cabo, ganándose el alcalde el desprecio de sus conciudadanos que prefieren el transporte colectivo y la bicicleta para ir de un lado a otro.

En las grandes ciudades de México la bicicleta nunca ha sido un medio de transporte de uso cotidiano, como en muchas partes de Canadá, Holanda o Dinamarca. 

La bicicleta en México se limita a ser un medio recreativo y deportivo que ha quedado relegado a los llamados despectivamente pueblos bicicleteros, a los niños, a quienes disfrutan haciendo ejercicio, a quienes no pueden comprar un coche y a todos los valientes que luchan por recuperar los espacios que les fueron cedidos a los coches. 

Es una triste realidad que las ciudades demandan automóviles, pues fueron construidas en torno a ellos y no pensando en las necesidades y en la salud, física y mental, de sus habitantes; mucho menos tomando en cuenta el impacto que provocan en el medio ambiente. 

Siempre he pensado que las grandes urbes tendrían mejores ciudadanos si se pudiera ir en bicicleta a todas partes. Creo que seríamos más felices, pues las bicicletas nos remontan a nuestra infancia; si las ciudades se planificaran en base a las bicicletas, nos ahorraríamos mucho espacio y tiempo. 

No tendríamos que lidiar con horas de congestionamiento vial, ni con estrés, ni con la psicosis de quienes accionan el claxon a la menor provocación. Seríamos una sociedad más sana física y mentalmente. ¿Por qué no darle una oportunidad a las bicicletas? 

Salgo de la cafetería. Una brisa que anuncia la proximidad del invierno me golpea el rostro. Quito la cadena que amarra mi bicicleta a un pequeño poste y pedaleo de regreso a casa.

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