“Mi problema más grande es el tiempo. No tengo el suficiente para estar aburrido”.

Nicolás Berggruen

Hijo de un afamado amigo de Pablo Picasso y coleccionista de arte, Nicolás siempre ha desdeñado lo usual. Desde sus años escolares mostró una peculiar manera de pensar.

Creciendo en Paris, se rehusaba a aprender inglés por ser “el idioma del imperialismo”, y escribía en su tiempo libre constituciones “utópicas”. Leía fervientemente a Jean-Paul Sartre, inclinándose a la izquierda.

De regreso a los negocios

Ya pasada su rebeldía se reconcilió con el capitalismo, estudiando finanzas en la Universidad de Nueva York. Fue a partir de entonces que su fortuna despegó. Usando sus contactos para descubrir negocios en peligro de bancarrota, se especializó en comprarlos y reestructurarlos, ganando mucho dinero en el proceso.

Sin embargo, pronto se dio cuenta que ganar millones no era lo suyo. Confiesa que comenzó a “aburrirse” de los negocios.

Desilusionado y con poco espacio en su cabeza para los juguetes que podría comprar, decidió vender todas sus posesiones materiales. Casas, automóviles y ropa pronto fueron desechadas, sus obras de arte rentadas a museos.

Lo único que posee hoy es su jet privado para viajar entre sus “casas”, que suelen ser hoteles de cinco estrellas en ciudades tanto glamorosas (Londres o Nueva York), como exóticas (Brazzaville o Tokio).

Las posesiones, por más ordinarias que sean, o las relaciones, no tienen lugar en su cabeza. No tiene siquiera reloj y carga todas sus pertenencias en una bolsa de papel. No tiene hijos y jamás se ha casado.

A Nicolás lo sigue manteniendo interesado lo mismo que en su juventud: la política. Ha propuesto soluciones tanto para África como Europa, y su más reciente proyecto es arreglar el sistema político de California. Para ello ha reunido desde actores hasta secretarios de Estado.

Con ello le ha venido fama que no siempre es bienvenida. Alguna vez trató de comprar todos los ejemplares de una revista alemana que publicó una historia sobre su estilo de vida.

A sus 50 años, todavía encuentra difícil acostumbrarse a una vida común.

“Mi problema más grande es el tiempo”, dice Berggruen, “no tengo el suficiente para estar aburrido”.