Tras varias semanas trabajando voluntariamente como maestro en una escuela primaria de El Salvador, en Centroamérica, era común que alumnos y maestros me preguntaran sobre la educación en México.

Preguntas que van desde cómo son las escuelas primarias en mi país, hasta cuestiones más complejas como la calidad en la educación. 

No es sencillo responderle estos cuestionamientos a un ciudadano centroamericano y, en general, a cualquiera que te los formule.

Se puede hablar de la educación desde múltiples aristas: calidad educativa, infraestructura, educación básica, educación superior, etc. 

Lo que sí es de llamar la atención, es que en materia educative México sigue siendo visto como el hermano mayor por parte de los centroamericanos (perspectiva que se extiende a otros ámbitos). 

Instituciones públicas de educación superior, como la UNAM o la UdeG, gozan de gran prestigio entre estudiantes centroamericanos que desean cursar estudios a nivel superior.

Dando vuelta a la hoja, me atrevo a mencionar la fama y prestigio  que tiene la gastronomía mexicana desde Guatemala hasta Panamá. 

No es extraño encontrar desde puestos callejeros hasta cadenas restauranteras ofreciendo “taquitos mexicanos” o comida gourmet de nuestra tierra. Igual sucede con personajes de TV, lo mismo conocen al Chavo del Ocho que a El Santo. 

México se significa como un escalón incómodo para ascender al “sueño americano”. Cada año son miles los centroamericanos que, en su afán de conseguir mejores condiciones de vida (que sus países son incapaces de ofrecer) cruzan o intentan atravesar territorio mexicano. 

Algunos llegan a cruzarlo, otros tantos permanecen en él, buscando una oportunidad más para hacerlo. Hay quienes son presa de las organizaciones criminales o regresan a su terruño en un ataúd.

Uno de los temores iniciales que tuve en mi primera estancia en Guatemala, Honduras y El Salvador, era ser víctima de cierto resentimiento de algunos centroamericanos producto de sus malas experiencias en México. Ha sido todo lo contrario. 

La gente me ha recibido con mucha hospitalidad, como si el problema de la migración no trastocara el terreno de la cordialidad. 

He recibido sonrisas en lugar de reclamos. Sonrisas como las que me brinda una catracha (así les dicen a las hondureñas) con la que pronto me voy a casar.