Las descargas o downloads, los leaks y los programas de P2P (peer to peer) son una realidad en la cultura digital. Aceptémoslo: los que pertenecemos a la generación Napster, no vamos a dejar de bajar música ni vamos a dejar de compartirla a través de nuestro LimeWire, Vuze, Soulseek o cualquier software del momento que nos pongan en frente.
La cultura de las descargas en Internet parece imparable, lo que ha ocasionado que las grandes disqueras apunten hacia los consumidores en batallas legales desproporcionadas, al más puro estilo David y Goliath. Pero en lugar de buscar culpables, la industria debería buscar la manera de adaptarse a la nueva realidad de la relación música-distribución-audiencia.
O por lo menos eso es lo que piensan muchas voces (consumidores, artistas y disqueras independientes o de menor tamaño) directa o indirectamente involucradas con la producción, distribución y consumo de la música.
Este debate nos ha motivado en Trece:Veinte a abordar el tema partiendo del hecho de que amamos la música, que lo último que quisiéramos es que se lastime la cadena que hace posible que podamos disfrutar de nuestras bandas favoritas y las que tenemos pendientes por conocer, pero aceptando una realidad innegable, casi irreversible.
Música en el año 2010
A la generación Napster nos tocó vivir en una época sin precedente para la creación y distribución de música. Una época donde pueden convivir en un playlist de iTunes cualquier mega producción al estilo U2, Lady Gaga o Kanye West, con la música lo-fi hecha literalmente en los cuartos de Chazwick Bundick (Toro Y Moi), Ernest Greene (Washed Out) o Alan Palomo (Neon Indian).
La tecnología nos ha brindado nuevas maneras de consumir la música. Del vinilo, al cassette, al disco compacto y el punto de quiebre que llegó con la digitalización de la música en formato mp3. Del tocadiscos, al estéreo y los primitivos portátiles como el walkman o discman, ahora la música también se puede escuchar en computadoras, celulares y reproductores de mp3.
¿La diferencia? El almacenaje y el ritual para comprar, adquirir y escuchar una producción musical.
De la docena de canciones que típicamente contiene un CD, a las miles que puede almacenar cualquier aparato que pueda reproducir el maldito formato mp3.
La experiencia de ir a una tienda de discos a buscar entre cientos de cajas de compactos, lo puede sustituir iTunes o LimeWire a un solo click, aunque muchos creemos que no es lo mismo. En mi caso son dos experiencias distintas: cuando voy a la tienda de discos es porque voy a comprar uno que de antemano ya sé que quiero, en cambio bajar un disco en Internet es la oportunidad de conocer nuevas bandas y sonidos.


Gracias Juan Antonio por responder tan rápido, pero ahora me vienen a la mente nuevas cosas, ¿acaso la creatividad sólo es fomentada por la remuneración económica? yo creo que no, yo por ejemplo escribo en un blog en el que no tengo publicidad y no recibo remuneración económica alguna, sin embargo la motivación para escribir en él, reside en que siento que ayudo a personas, en que ellos me retroalimentan y gracias a ellos yo crezco como persona.
Las motivaciones para la creatividad pueden ser muchas, es verdad, desgraciadamente vivimos en una sociedad que nos enseña que si no somos remunerados económicamente nuestro trabajo no vale, o que éste vale en proporción directa a nuestros ingresos, esto no es cierto y es lo que más le cuesta entender a la "Industria" y me refiero de esta manera ya que no sólo es la industria musical, sino también la editorial o la industria del software o la cinematográfica, creo que es hora de cambiar estas concepciones, vivir en un mundo de restricciones (como las licencias de las que hablas) sólo estanca el desarrollo técnico, científico y cultural de una sociedad, el problema es que esto es generalizado, tenemos que evitar estancarnos, tenemos que evitar a toda costa que los copyrights y los "derechos de propiedad intelectual" sigan manejando el mundo de la creatividad ya que en lugar de proteger a los autores, lo que hacen es perjudicar las ideas.
Saludos.