El huracán Sandy al final fue un ciclón. De nuevo, la confluencia de tres elementos que nunca antes se había dado, produjo grandes daños. Nunca antes el norte de los Estados Unidos de América se había tenido que acostumbrar a ser tierra de huracanes y de ciclones.
El cambio climático, eso que siguen negando algunos ilustres republicanos y uno que otro despistado demócrata, ha golpeado tanto que ha provocado que los ciclones y los huracanes ya no sean el patrimonio de las aguas cálidas. Es más, en cualquier momento y circunstancia puede suceder una serie de presiones frías que impidan a las tormentas y huracanes penetrar en la Florida –el sitio natural de estos fenómenos– y que, por el contrario, vayan empujando y empujando para que a través de las Carolinas puedan tocar la sagrada tierra del norte de Estados Unidos.
Hasta los atentados del 11 de septiembre, los estadounidenses creían firmemente que, bien por suerte o porque sabían hacerlo todo muy bien, los dos océanos impedían que nadie alcanzase sus tropas o alcanzase sus ciudades para atacarlas.
Con la caída de las Torres Gemelas descubrieron que el ataque vino desde dentro y que quienes lo hicieron no fueron migrantes ilegales, por el contrario, vivían en el país con papeles en regla.
Con los huracanes pasa algo similar. Mientras estamos esperando y deseando que hubiera casi un designio divino para evitarnos desgracias, los cambios climáticos y las consecuencias de 50 años de barbaridades contra la naturaleza han producido un cambio para el que, definitivamente, nadie está preparado.
En Estados Unidos Sandy ha hecho justicia histórica. El llamado bajo Manhattan por donde comenzó la New Amsterdam producida después en Nueva York, es una ciudad que ha sido ganada al mar, literalmente.
Donde está Miss Liberty, Wall Street, Trinity Church –donde se encuentran algunos de los sitios más emblemáticos de Nueva York– fue el sitio preferido para ir ganándole sitio al mar. Especialmente a partir de finales de los 60s y los 70s, mientras se construían las Torres Gemelas, ahora desaparecidas.
Por eso anoche, el mar se vengó también y golpeó a su territorio. A fin de cuentas, Battery Park, toda una ciudad que sale directamente de lo que es el Centro Internacional de Comercio, pegado a donde están las nuevas Torres y la Zona Cero, es un lugar hecho a base de cascotes y basura.
Ayer, cuando el mar recuperó lo suyo, no solamente se quedó hasta ahí, sino que mojó, literalmente, los cimientos del 9/11. Inundó parte del Museo de la Zona Cero y siguió creciendo hasta bajar por los túneles que conectan la ciudad de Nueva York con Queens o con Nueva Jersey.
Desde la calle 34 para abajo, sin luz. Una ciudad fantasma. Simplemente por una razón: el agua y las principales galerías podían hacer un corto circuito con la propia instalación eléctrica de las de la ciudad y eso motivó que mejor se quitara el alumbrado. Mismo que 24 horas más tarde permanece fuera de servicio, al menos en 88 por ciento de la ciudad.
Mucho se ha afectado. Por ejemplo, hasta el momento no existe un cálculo exacto de cuándo el metro podrá reanudar sus operaciones. Este medio de transporte es clave: millones de personas lo usan diariamente para cruzar esa frontera natural que son los dos ríos, East River y Hudson, para ir y venir de zonas como Queens, Bronx u otras, a la isla de Manhattan.
Las pérdidas económicas son cuantiosas y la traducción política es muy clara: ni Obama es Bush, ni Sandy ha sido Katrina. Sobre todo, porque a fin de cuentas, Nueva Orleans es una ciudad en el sur –o precisamente para blancos–, pero además está debajo de las aguas. Antes, debajo de las aguas solo estaba Lower Manhattan –y ahí ha vuelto, al menos durante unas horas–.
Pero el tratamiento de la crisis por parte de Obama, y lo que puede resultar su traducción política para la elección, ha sido ejemplar. Barack Obama intentó y dirigió desde la Casa Blanca una situación de emergencia sin precedentes.
Algunos de los gobernadores más republicanos como Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey, felicitó al Presidente por su manejo de la crisis.
Sandy no es Katrina, Obama no es Bush, pero –y ahí viene la gran pregunta–, ¿quién va a darle o a quitarle el voto a Barack Obama? ¿Quién lo puede dejar instalado en la Casa Blanca o sacarlo de ahí? Sin duda, el voto Latino. Y a estas alturas resulta muy difícil saber cómo serán interpretadas por los latinos las consecuencias de Sandy.
Las apuestas están divididas. Cincuenta por ciento dice: “Ahora sí Barack Obama la hizo y ganó la elección”. La otra parte argumenta: “Obama tiene muy buena voluntad pero muy mala suerte y tal vez al país le irá mejor al tener otro presidente”.
Mientras tanto Obama, en la pregunta que le hicieron sobre cómo iba a afectar esto en las elecciones, dio una contestación de Estado en la que demostró que el oficio lo ha aprendido bien: “En este momento me importa saber cómo afecta a los estadounidenses y no el resultado de las elecciones”.
Sandy pasó. Ha sido mucho menos de lo que se esperaba pero lo ha sido por un sacrificio de prevención y anticipación de la crisis.
Hoy los edificios ya no bailan. Hoy el silencio se ha roto. De las cosas que personalmente nunca olvidaré de estas 48 horas son: la ciudad desierta –tan desierta como nunca– y lo impresionante que fue pasar de la sinfonía del lamento de la naturaleza ocasionada por el sonido del viento golpeando en todos los edificios, al silencio que se podía oír.
Es más, los sonidos del silencio decían –sin un solo coche, sin un rumor, sin nada– que uno podía estar en un desierto, y no un desierto rodeado de cemento y cristal como es el caso de la isla de Manhattan, sino un desierto de reflexión: ¿qué hemos hecho con el planeta?








