En las décadas de los 70 a los 90 viví en tinta propia el despertar y el despuntar del Partido Acción Nacional.
Fui testigo privilegiado, en primera fila, de las luchas que libraron José Ángel Conchello, Pablo Emilio Madero, Manuel Clouthier, , Luis H. Álvarez, Carlos Castillo Peraza, Carlos Medina, Diego Fernández de Cevallos, Vicente Fox y Felipe Calderón, por citar algunos.
Su bandera siempre fue la guerra contra la corrupción como origen y destino de los males nacionales.
Eran idealistas que sabían que el monolítico PRI no cedería. Pero cada trienio, cada sexenio, picaban piedra. Y ante la derrota o la victoria que les arrebataban, se levantaban y volvían a empezar.
Perfeccionaron como pocos el arte de ser oposición. Y convirtieron la defensa de Chihuahua en 1986 en la punta de lanza que les redituaría en 1989 su primera gubernatura en Baja California Norte.
A partir de ese momento se volvieron imparables. Y en algunos territorios, frente a algunas posiciones, imbatibles.
Avanzaron sobre Chihuahua, Nuevo León, Guanajuato, Yucatán, Aguascalientes, Jalisco, Querétaro, San Luis Potosí, Morelos y Sonora.
Hasta que en julio del 2000 fueron capaces, con Vicente Fox, de venderle a la nación el sueño de un cambio. Por fin se daría la purga que México necesitaba. El destino les pertenecía. Todo fue una farsa.
El idealismo de Fox fue secuestrado cuando contrajo matrimonio con la ambición de Marta Sahagún. Y juntos vivieron en la cabaña presidencial en amasiato político con Carlos Salinas, con Elba Esther Gordillo, con Carlos Romero Deschamps. O se coludieron o se dieron por vencidos. Es lo de menos. Claudicaron a su escencia.
El hecho real, el fáctico, es que durante el llamado Sexenio del Cambio ningún político fue procesado. Aprendieron a negociar con ellos en lo oscurito. Y terminaron igual que los priistas, cuestionados en sus fortunas, ahogados en negocios familiares que nadie persiguió.
Sufrieron en el 2006 para sacar adelante la presidencia con Felipe Calderón, en una cuestionada y marginal victoria que solo fue posible gracias al PRI que tanto decían despreciar. Sin los hijos de Calles habría sido imposible colocarle al nuevo mandatrio la banda presidencial.
Y el PRI volvió a apoderarse de Los Pinos. Y la gente dejó de creer en el PAN. Solo así puede explicarse que no pudieran retener las gubernaturas de Nuevo León, Chihuahua, Aguascalientes, San Luis Potosí o Querétaro.
Y aunque en el discurso Calderón detestara al PRI, en la realidad no podía gobernar sin ellos. El visitante más asiduo de este sexenio a Los Pinos nunca fue el panista Santiago Creel. El mejor aliado siempre fue el priista Manlio Fabio Beltrones. Y de nuevo, ningún perseguido.
Debieron estallar los escándalos de Néstor Moreno y de Tomás Yarrington desde los Estados Unidos para que alguien por fin se decidiera en México a levantar la veda contra la corrupción que en julio cumpliría doce años.
Es triste que suceda en la antesala de la elección presidencial. Despertando el sospechosismo de que hay agenda política entre los gobiernos de México y de los Estados Unidos.
Pero aún si así lo fuera, que bueno que por fin suceda. La buena nueva es que ya podremos esperar ver políticos corruptos tras las rejas.
Es tarde para exhibir los excesos de gobernadores que sacaron provecho personal al fin del monolítico presidencialismo. Mandatarios que se escrituraron como suyo cada estado, diseñando virreinatos a la medida de sus ambiciones.
Solo con este ajuste de cuentas podremos recuperar en algo aquel idealista sueño de que el PAN sacaría al PRI de Los Pinos. Hoy, sin peces gordos tras las rejas, los tricolores todavía tienen sus llaves. Nunca se salieron.









