#LosPuntossobrelasíes

Las reglas cambian

No hay duda que las reglas cambiarán. Que los 21 gobernadores priistas volverán a tener un jefe y eso modificará el frágil equilibrio en muchos de los gobiernos estatales.
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En la política como en el Big Brother, las reglas cambian. Sobre todo cuando un nuevo inquilino se adueña de la casa.

Eso es lo que los gobernadores priistas debieron sentir este fin de semana en Querétaro cuando sostuvieron su primer encuentro después de la elección presidencial.

Y es que cuando se confirme la victoria de Enrique Peña Nieto en la impugnada elección presidencial, será la primera vez en 12 años que los mandatarios estatales, sobre todo los tricolores, vuelvan a tener jefe.

Desde que Vicente Fox se instaló en Los Pinos en el 2000, el presidencialismo, como lo conocimos en los 70 años de priismo, quedó sepultado.

Por fortuna se le dijo adiós al todopoderoso. Al amo y señor de las haciendas. Al que disponía de vidas y destinos. Al que le bastaba pensar algo para que se le cumpliera… aunque no lo pidiera.

Cuestión de recordar a Carlos Armando Biebrich, Óscar Flores Tapia, Ramón Aguirre, Fausto Zapata, Óscar Espinoza, Sócrates Rizzo o Mario Villanueva, por citar solo algunos que por distintos motivos –algunos muy personales- resbalaron de la gracia presidencial.

Solo en el sexenio de Carlos Salinas cayeron 17 gobernadores en igual número de concertacesiones.

Por desgracia no se creó una alternativa nueva, abierta, democrática, transparente. Al contrario. Los gobernadores se sintieron liberados, como niños sin maestro en un permanente recreo. Y con las chequeras repletas.

Porque a falta de habilidad política para negociar, o de mano dura para demandar, los dos presidentes panistas terminaron comprando voluntades por la ruta de las asignaciones presupuestales.

Y el esquema se repitió con cada gobernador, que con los bolsillos llenos, fueron a su vez comprando las voluntades que les garantizaran la permanencia en el poder, instalando a sus incondicionales como sucesores.

Para colmo, la fragilidad del panismo en la elección presidencial del 2006 obligó a recargar el triunfo en un puñado de mandatarios priistas, que a la postre resultaron intocables. Desde los evidentes como Mario Marín hasta los sofisticados como Natividad González Parás.

Por eso Felipe Calderón fue impotente para llamar a cuentas a cualquier gobernador. Porque impedido para someter a los priistas que lo llevaron al poder, nada podía hacer aún contra los de su partido.

Por eso venimos padeciendo desde hace dos sexenios una escalada de corrupción desenfrenada que saquea impunemente las haciendas estatales.

Y aunque se exhiban las evidencias, el asesinato del presidencialismo sin el alumbramiento de algo mejor, nos resultó peor.

Pero todo tendrá que cambiar con el retorno de un presidente priista a Los Pinos. Y no porque sea mejor o igual que los panistas. Quizás nada bueno traiga aparejado el regreso de ese absolutismo presidencial.

Pero en el caso de los mandatarios tricolores la mano dura les viene de fábrica, está codificada en su DNA político. No pueden negar la cruz de su parroquia.

Más aún cuando el nuevo mandatario tiene altas probabilidades de tener a su disposición -con algunas alianzas de por medio- el control por mayoría simple del Congreso.

Por eso no hay duda que las reglas cambiarán. Que los 21 gobernadores priistas volverán a tener un jefe y eso modificará el frágil equilibrio en muchos de los gobiernos estatales.

Algunos gobernadores deben ya de estar sintiendo la presión. Otros deben de estar modificando estrategia. Incluso algunos deben estar preparando ya sus maletas.

Confirmando a Peña Nieto en la presidencia, las posibilidades de que las cosas nunca sean como lo fueron son muy altas.

Él si sabe en dónde buscar para encontrar. Él si conoce los secretos y los escondrijos desde donde se destila la ordeña presupuestal. ¿O no?

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