El juego de las encuestas se ha convertido en el pasatiempo favorito de la elección presidencial 2012.
El último de los turnos le tocó al muestreo del Grupo Reforma. Y los resultados volvieron a sacudir, como hace 19 días, pero en sentido contrario. Recordemos.
En su encuesta de mayo 31, los mexicanos se sorprendieron con el resultado que cerraba la brecha entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador a solo cuatro puntos. Y con el margen de error de más/menos 2.8 por ciento, se hablaba de empate técnico.
Ayer 19 de junio, Grupo Reforma volvió a causar conmoción, pero opuesta. Mostró una recuperación de cuatro puntos a favor de Peña Nieto, combinada con una caída de cuatro puntos de López Obrador.
La brecha que hacía poco más de dos semanas estaba en solo cuatro puntos se abría ahora a 12 puntos. ¿Un giro radical? Sin duda. ¿Creíble? No lo sé.
Sobre todo cuando esos números se cotejan con la intención de voto de los electores independientes en la misma encuesta de Grupo Reforma.
En su encuesta publicada en marzo 28, Peña Nieto acaparaba 42 por ciento de la intención de ese voto independiente. Vázquez Mota, 29 y López Obrador, 26.
Dos meses y medio después, en la encuesta del 19 de junio, López Obrador se ponía al frente con 41 por ciento, Peña Nieto caía a 26 y Vázquez Mota a 23.
De hecho, el cambio de preferencia de los electores independientes fue casi imperceptible entre la encuesta de mayo y la de junio.
López Obrador bajó de 43 a 41 por ciento, pero se mantenía como puntero. Peña Nieto se mantenía nivelado en 26 por ciento. Vázquez Mota subía de 21 a 23.
¿Puede existir un comportamiento tan radicalmente opuesto entre los electores en general, en donde la brecha entre Peña Nieto y López Obrador se amplía a 12 puntos a favor del priista, mientras que entre los electores independientes el diferencial es de apenas dos puntos y muy a favor del progresista?
Para responder, habría que preguntarse si en los últimos 15 días se dieron hechos que alteraran significativamente las preferencias electorales.
Uno podría ser el segundo debate. ¿Fue tan contundente Peña Nieto como para ganarse cuatro puntos y restarle otros cuatro a López Obrador?
¿Que acaso no dijo el mismo periódico que Vázquez Mota ganó de calle el debate? ¿Por qué entonces la panista apenas rescató un punto y su rival priista avanzó más?
Más aún. Si el repunte de Peña Nieto fuera por el debate, ¿por qué la misma Encuesta de Líderes del Grupo Reforma coloca el 11 de junio a López Obrador por encima de Peña Nieto en la pregunta de quién se desempeñó mejor en la confrontación?
Y si no es el debate, ¿acaso está surtiendo efecto la nueva campaña de El Peligro para México? ¿O es que la gente compró aquello de que el peso se devaluó por la encuesta que favorecía a la izquierda?
Quizá la respuesta más certera está en el nivel de los indecisos. Dependiendo de la encuesta, representan entre 13 y 20 por ciento. Pero, sea cual sea, en ninguna encuesta el diferencial entre Peña Nieto y López Obrador es mayor que el porcentaje de indecisos.
Lo que no significa otra cosa que los encuestadores están blindados, a prueba de derrotas. Si López Obrador gana, es lógico, “fueron los indecisos”. Y si Peña Nieto gana, “siempre lo dijimos”.
La verdad sobre todas las verdades: la moneda está en el aire.









