La gran prueba de fuego de si se escucha o no se escucha, de si el sistema tiene solución o no, de si es posible incorporar las otras visiones sin caer en sectarismos ni trampas, es el eco que se obtenga a partir de este momento de la protesta civil y, sobre todo, estudiantil, en relación al juego del mercado de las elecciones.
Televisa tomó la iniciativa el viernes pasado. No solamente a través del noticiero de Joaquín López-Dóriga se comenzó a explicar qué había pasado, con pelos y señales, en la Universidad Iberoamericana, sino que –y esto es mucho más importante–, convocó a los jóvenes líderes del movimiento estudiantil al estudio para que explicaran qué querían, cómo lo querían, a favor de qué estaban.
Televisa es el medio más importante, pero no el único. La rebelión de los jóvenes es contra un sistema que a través del dominio de los medios de comunicación les impide –o según ellos les impide– la libre manifestación de las ideas.
Televisa es el primer medio masivo audiovisual que a partir de las protestas y de la situación creada, en vez de ignorar lo que está sucediendo, decide enfrentar a los jóvenes. Los lleva frente a sus cámaras y les hace preguntas.
El problema no es solamente dedicarles tiempo. El problema, además, es ser capaces de escuchar. En democracia no hay que olvidar que lo importante es la igualdad, permitir que la gente se pueda expresar y que luego esto se traduzca en un voto libre.
En ese sentido, la iniciativa que tomó Televisa está en confrontación directa con la denuncia que han tenido otros medios y que no han reaccionado con la rapidez, y mucho menos con la contundencia, que lo hizo el Canal de las Estrellas.
A partir de aquí, eso cambiará o no. En cualquier caso, es verdad que si el medio masivo por excelencia, la televisión, que cataliza masivamente las elecciones, aparecía al principio como elemento determinante y más o menos inclinado hacia uno de los candidatos por relaciones comerciales, ahora trata de dar un juego parejo.
Y ese juego no es solamente para quien tiene una posición diferente desde un punto de vista partidario, sino también para una posición de crítica social por parte de los jóvenes.
Eso lleva a dos preguntas muy claras. Una: ¿qué tan articulado es el discurso, no solo en contra, sino a favor, de quienes organizan la protesta?
Y dos: ¿es posible en estos tiempos recuperar a los hombres de la pantalla que con su cara y su voz encarnan las políticas seguidas hasta ahora? ¿O ya es muy tarde para que, aunque se salve el medio, se salven ellos?
Es evidente que si la elección presidencial se cierra, lo que hagan los medios masivos de comunicación, como la televisión, y especialmente Televisa, va a ser clave.
Después de lo sucedido en la Universidad Iberoamericana y de #YoSoy132, Televisa pasó a la ofensiva. Abrió su cancha y permitió que la gente hablara. Ahora le toca a esos jóvenes tomar el espacio que se les está dando, porque ellos lo han pedido.
Ahora lo importante será saber qué es lo que se propone y qué es lo que se quiere. Es el momento de dar el paso siguiente, de hacer lo que les toca a quienes buscan medios más democráticos y un mejor país.
Ya veremos de qué son capaces los jóvenes y su organización. Ellos tienen una oportunidad única de acabar con la manipulación y el monopolio.
Si uno analiza la información del Observatorio de Medios de la UNAM, se da cuenta que, hoy por hoy, en todos los medios masivos, principalmente Televisa y TV Azteca, el juego es bastante parejo en cuanto al espacio y tiempo que se le da a cada partido político y a cada candidato presidencial.
De acuerdo a un monitoreo de 493 noticieros de radio y televisión realizado por el IFE para saber el tiempo asignado a cada candidato, la situación es muy pareja: Enrique Peña Nieto, 30 por ciento; Josefina Vázquez Mota, 30 por ciento; Andrés Manuel López Obrador, 25 por ciento, y Gabriel Quadri,15 por ciento.
¿Qué significa esto? Significa que no basta decir que sí se puede o no se puede hacer algo, sino que ha pasado a ser determinante saber cómo se emplearán los espacios ganados por parte de los jóvenes.
Abrir los espacios y dar la oportunidad no quita, exime o impide que algunos comunicadores no tengan credibilidad. Ése es otro tema.
El problema en este momento, sea por la causa que sea, es que se abre una oportunidad –en un escenario de elección cerrada– de producir un resultado distinto.
Pero esa diferencia va a estar basada en dos cosas: en usar los espacios y proponer algo, o en tener la capacidad de reacción para adaptar lo que buscan y así traducirlo en hechos concretos.
El juego apenas empieza, y no sabemos hasta dónde puede llegar. Pero imagínese usted lo que habría significado que en el Egipto de Mubarak, o en cualquier otro país donde se han vivido las “primaveras democráticas”, se le hubiera dado espacio a las peticiones juveniles.
Imagine que los medios tradicionales, ligados real o ficticiamente –pero dentro de la convicción popular– al sostenimiento del régimen, hubieran tomado la iniciativa de transmitir en directo desde la Plaza Tahrir el resultado de la protesta popular. ¿Qué habría pasado?
La primera primavera
El 25 de enero de 2011 comenzó la revolución de Egipto contra su presidente Hosni Mubarak. Ese día, en la Plaza Tahrir de El Cairo, se reunieron egipcios de todos los estratos socioeconómicos y de todas las ideologías religiosas y políticas con un objetivo común: derrocar a Mubarak.
La brutalidad policiaca, la falta de elecciones libres y de libertad de expresión, la corrupción, el alto índice de desempleo, la creciente inflación de la canasta básica, los sueldos bajos y la implementación de medidas excepcionales de estado de emergencia llevaron al límite de tolerancia de la sociedad.








