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Elena: la superviviente

En México, la generación que le dio –junto con Vasconcelos– brillo al siglo XX, se extingue. No hay más Paz o Fuentes, ‘Monsis’ o José Emilios. Solo nos queda Elena

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Nadie recuerda el nombre del general que ocupó Crimea ni el de quien conquistó Berlín. Sin embargo, todos saben quién fue Tolstoi.

Los intelectuales permanecen; están en las rotondas de las mentes de los pueblos mucho antes que sus huesos sean aprovechados con impudicia por el poder. 

En México, la generación que le dio –junto con Vasconcelos– brillo al siglo XX, se extingue. No hay más Paz o Fuentes, ‘Monsis’ o José Emilios. Solo nos queda Elena. Ella, como toda mujer, sobrevive. Como todas, recuenta en un espacio de su diario los amores y en otro, los desamores. 

Antes de concederle a Elena Poniatowska el Premio Cervantes, ya Conaculta había tomado dos iniciativas: primero, la Fundación Elena Poniatowska A.C. tuvo casa y apoyo; y segundo, otorgarle la Medalla Bellas Artes. Después llegó el reconocimiento español.

A Elena le tocó en 1968 vivir la repetición de la noche de Texcoco. Solo que “el Texcoco” que ella vivió no fue la última rebelión azteca contra los diablos españoles, sino la del futuro del pueblo de México contra un presente asustado que acabó asesinando estudiantes e impidiendo a los Juegos Olímpicos la posibilidad de realizarse sin traumas. 

La matanza de Tlatelolco marcó la historia de México. Todos somos sus hijos. Es uno de los pocos testigos que nos quedan del sufrimiento, el dolor y el miedo. 

Una ocasión en la que el escritor británico Robert Graves visitó México fue en 1968. Fue invitado a formar parte del círculo intelectual de las Olimpiadas. Después de la matanza de Tlatelolco llegó al aeropuerto del DF, escapó de las edecanes de Díaz Ordaz y se refugió en Tepoztlán. Allí compartió –“hongo arriba y hongo abajo”- junto con Monsiváis y Poniatowska el designio trágico de un país en el que siempre se mata la esperanza de los más débiles. En Morelos vieron trotar el caballo blanco de Zapata. 

Esos recuerdos mantienen viva a quien por su independencia, ideas y creencias, por sus vivencias y escepticismos y por sus saltos sobre los sexos, puede celebrar en vida lo que Carlos, José Emilio, Octavio y otros compañeros solo pueden ver desde la eternidad. 

Todo eso es lo que habla bien de una institución, en este caso el Conaculta conducido por Tovar, que le hace un homenaje en vida a Poniatowska, lo cual resulta difícil de creer en una cultura en la que a los grandes se les venera hasta que mueren. 

Eso también lo hace México y su Estado. Porque para poder criticar, hundir y arruinar, es necesario también reconocer. Bien por homenajear en vida a una gran mexicana: Elena Poniatowska.

 
 

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