Los hijos de Marta se hicieron ricos en la más amplia de las impunidades. Fox engañó hasta a sus mejores amigos.
Compró ranchos en secreto. Falseó sus declaraciones patrimoniales. Hizo del pueblo de San Cristóbal su pequeño feudo.
Los hijos de Marta se compraron un jet. Los que tenían los basureros por negocio, se hicieron terratenientes, constructores, financieros. Nada les pasó.
En 2006, solo un conflicto interno del PRI, que acabó con la imagen de Roberto Madrazo, y la campaña del miedo impidieron que el tricolor fuera competitivo en las elecciones presidenciales de ese año.
Por eso, aun ganando en 2006, Felipe Calderón perdió.
El sello del sexenio fue la confrontación. Se perdió la paz. Creció la violencia. Se disparó el número de muertos. Aumentó el consumo de drogas. Se instaló la inseguridad.
Y Calderón culpó a todos sus antecesores. La economía siguió a la deriva a pesar de que México tuvo los
ingresos petroleros más altos de su historia.
Y sus deseos de convertirse en el “Presidente del Empleo” se frustraron. El PAN fue perdiendo adeptos.
En 2009, el PRI volvió por sus fueros en el Congreso. Y cayeron las gubernaturas azules de Querétaro y San Luis Potosí. Hasta el corredor azul del Estado de México se volvió tricolor.
El PAN también perdió ayer Jalisco y Morelos. Los priistas conquistaron a los tapatíos y los perredistas a los morelenses.
Calderón perdió ayer el poder. Y los panistas su partido.
La decisión final
PRI o no PRI era la disyuntiva de las elecciones 2012. Y una mayoría minoritaria se decidió por el PRI.
Si se confirman las cifras del conteo rápido, López Obrador no habría podido convencer a suficientes mexicanos de que su propuesta era mejor.
Y, guste o no, la opción es hoy para Enrique Peña Nieto.
Un político de 46 años que, según los resultados electorales que se conocen hasta ahora, cuenta con más legitimidad para gobernar que Felipe Calderón.
La mexicanos esperan que les devuelva la paz. Que se termine la guerra. Esperan que México vuelva a crecer. Que haya más empleos. Los pobres y los marginados quieren dejar de serlo.
Ojalá, por el bien de México –y si las cifras oficiales lo confirman–, que Peña Nieto pueda lograr como presidente lo que no se cumplió en los últimos dos sexenios.









